¿Nada que perder?

Ocurrió en Ourilândia do Norte, en el estado de Pará, Brasil. El exalcalde y entonces concejal Romildo Veloso e Silva, de 69 años, asesinó a su exesposa, la empresaria y ex primera dama Icicléia Alves Veloso (“Léia”), de 41 años, durante una reunión en un despacho de abogados, donde iban a firmar el divorcio y acordar la división de bienes. Luego se quitó la vida. La Policía Civil encontró indicios de que el crimen fue premeditado. Según informaciones difundidas por fuentes no oficiales, el exalcalde padecía un cáncer en etapa avanzada o terminal.
Cuando conocí este caso, lo que más llamó mi atención no fue solamente la tragedia en sí, sino algunos comentarios en las redes sociales que afirmaban que, debido a su edad y a su enfermedad, él “ya no tenía nada que perder”.
¿De verdad no tenía nada que perder?
Esa afirmación revela una de las mayores ilusiones de la humanidad. Existe la falsa idea de que esta vida es todo lo que un hombre o una mujer poseen. Para muchos, cuando la salud se acaba, los bienes se pierden o la muerte se acerca, ya no queda nada más.
Pero la Biblia nos enseña exactamente lo contrario. Esta vida es apenas un breve capítulo frente a la eternidad. El salmista escribió: “Nuestra vida es tan pasajera como la hierba. Somos como las flores silvestres que florecen y mueren. El viento sopla, y desaparecemos como si nunca hubiéramos estado aquí.” (Salmos 103:15-16, NTV).
Setenta, ochenta o incluso cien años pueden parecer mucho cuando miramos el calendario. Pero, frente a la eternidad, no son más que un suspiro, un grano de arena en el desierto o una gota en el océano.
Por eso Jesús hizo la que quizá sea la pregunta más importante de toda la Biblia: “¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma?” (Mateo 16:26, NTV). Observe que Jesús no habla solamente de riquezas. Habla de ganar el mundo entero.
Aunque alguien alcanzara todo el poder, toda la fama, toda la fortuna y todos los placeres que este mundo puede ofrecer, aun así habría hecho el peor negocio posible si perdiera la vida eterna.
Cuando vemos la existencia solamente desde la perspectiva de esta tierra, pensamos que perder la salud, el matrimonio, el patrimonio o incluso la propia vida es perderlo todo. Pero Dios nos muestra que existe una pérdida infinitamente mayor: la pérdida del alma, la separación eterna de Dios. Romildo sí tenía todo que perder.
Por eso, el mayor patrimonio que posee un ser humano no es su cuenta bancaria, su cargo, su influencia ni los años que todavía cree tener por delante. Es su relación con Cristo. Todo lo que tenemos en este mundo quedará atrás. Pero lo que decidamos hacer con Jesús determinará dónde pasaremos la eternidad.
Nunca será cierto que alguien “ya no tiene nada que perder”. Mientras exista una eternidad por delante, siempre habrá algo infinitamente más valioso que cualquier bien de esta vida.
Porque perderlo todo en esta tierra todavía no es la mayor tragedia. La mayor tragedia es perder aquello que jamás podrá recuperarse.
Oración: Señor, ayúdame a ver la vida desde la perspectiva de la eternidad. Líbrame del engaño de invertir todas mis fuerzas únicamente en las cosas pasajeras de este mundo y de olvidar aquello que realmente permanece para siempre. Que viva cada día buscando Tu Reino por encima de todas las cosas y valorando la salvación que he recibido por medio de Cristo. Que nada en este mundo ocupe el lugar que solo a Ti te pertenece. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “¿Y qué beneficio obtienes si ganas el mundo entero pero pierdes tu propia alma? ¿Hay algo que valga más que tu alma?” (Mateo 16:26, NTV)
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