“Jesús me abandonó”

Tal vez alguna vez hayas mencionado esta frase o hayas escuchado a alguien decirla: “Jesús me abandonó.” Sin embargo, esta es una afirmación que, aunque puede nacer de un dolor verdadero, revela una comprensión equivocada de aquello que Cristo hizo por nosotros. Porque, cuando miramos hacia la cruz, nos damos cuenta de que la realidad es exactamente lo contrario.
Jesús no abandonó a la humanidad: Jesús se entregó por ella. Él no permaneció distante ante nuestro sufrimiento; entró en nuestra historia, cargó sobre sí el peso del pecado y entregó su propia vida para hacer posible nuestra reconciliación con Dios, la salvación y la vida eterna.
Por eso, decir “Jesús me abandonó” porque estoy enfrentando problemas en esta vida es, muchas veces, mirar la realidad presente como si fuera la realidad definitiva. Es como si las dificultades de esta existencia tuvieran más peso que la eternidad que Cristo hizo posible.
Necesitamos recordar que Dios no nos prometió una vida sin sufrimiento. Jesús nunca dijo que sus seguidores estarían libres de las dificultades. Por el contrario, dijo: “Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas. Pero anímense, porque yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33, NTV)
Pensemos en lo que sucedió después del pecado de Adán y Eva. Dios, en su soberanía, podría simplemente haber dejado a la humanidad entregada a las consecuencias de su rebelión. Podría haber puesto fin a aquella historia y creado otra humanidad, en otro lugar, que le obedeciera perfectamente, y nunca más siquiera “visitar” este planeta. Pero no fue eso lo que hizo.
Dios decidió hacer algo mucho mayor: rescatar al ser humano que se había alejado de Él.
La historia de la Biblia es, en gran parte, la historia de este Dios que no abandona. Es la historia de un Dios que busca, llama, perdona, restaura y, finalmente, envía a su propio Hijo. Y Jesús vino sabiendo exactamente lo que enfrentaría. Vino para morir, vino para cargar aquello que nosotros jamás podríamos cargar. Vino para abrir un camino de regreso a Dios, para que la muerte no fuera nuestro destino definitivo, para que el pecado no tuviera la última palabra. Vino para que pudiéramos tener vida eterna.
Jesús nunca te abandonó. Nunca me abandonó. ¿Cómo podría Jesús haberme abandonado, si entregó su propia vida para salvarme?
Podemos no entender por qué suceden determinadas cosas. Podemos llorar. Podemos sentirnos solos. Incluso, en nuestra angustia, podemos preguntarle a Dios: “¿Dónde estás?” La Biblia no condena a quien clama en medio del dolor. Pero existe una enorme diferencia entre sentirse abandonado y haber sido abandonado. El sentimiento puede ser real. El abandono, sin embargo, no lo es. La cruz es la prueba.
Cuando todo parece decir que Dios está distante, mira nuevamente hacia la cruz. Allí está la demostración definitiva de que Dios no desistió de ti. Jesús no me abandonó. Jesús fue hasta la cruz por mí.
Y, si Él hizo eso por mí, quizá no comprenda todo lo que está sucediendo hoy, pero puedo confiar en que mi historia no termina en las circunstancias de esta vida.
La cruz apunta hacia la eternidad. Por eso, el dolor de hoy no puede ser utilizado como prueba de un abandono que la cruz ya desmintió.
Oración: Señor Jesús, cuando las dificultades hagan parecer que estoy solo, ayúdame a mirar hacia la cruz y recordar que Tú no desististe de mí. Dame fe para confiar en Ti incluso cuando no comprendo lo que estoy viviendo y esperanza para mantener mis ojos puestos en la eternidad que conquistaste para mí. Amén.
Versículo del día: “Y estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni nuestros temores de hoy ni nuestras preocupaciones de mañana. Ni siquiera los poderes del infierno pueden separarnos del amor de Dios. Ningún poder en las alturas ni en las profundidades, de hecho, nada en toda la creación podrá jamás separarnos del amor de Dios, que está revelado en Cristo Jesús nuestro Señor.” — Romanos 8:38-39 | NTV
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