Nunca dejes de clamar

Sucedió en Nepal, el 5 de septiembre de 2026. Después de una enorme inundación provocada por el colapso de un glaciar, Lu Haitao, un trabajador chino, quedó atrapado durante unos diez días dentro del túnel de una central hidroeléctrica, a unos 225 metros de la entrada. Durante los días de aislamiento, llegó a ver las luces de los equipos de rescate que pasaban por el túnel. Cada vez que percibía aquella luz, gritaba con todas sus fuerzas, tratando de hacer que alguien supiera que estaba vivo. Los rescatistas llegaron a pasar cerca de su posición, pero no lograron escucharlo. Con el paso de los días, sin embargo, el cansancio se apoderó de él y llegó a perder la esperanza de ser encontrado. En el décimo día, un equipo de rescate finalmente logró llegar hasta él. Cuando vio a los rescatistas frente a sus ojos, Lu dijo que no podía creer que finalmente lo hubieran encontrado. Fue rescatado con vida y solamente presentaba signos de hipotermia.

Lu gritaba porque sabía que necesitaba ser encontrado. Aunque nadie respondía, continuaba intentándolo. No podía ver una salida, pero seguía creyendo que alguien podía escucharlo.

Esta historia me hace pensar en una realidad que muchos de nosotros conocemos. Hay momentos en los que también clamamos por ayuda y parece que nadie nos está escuchando. Oramos por una situación, pedimos una respuesta, buscamos la intervención de Dios, pero pasan los días y nada parece cambiar. Entonces surge una pregunta difícil: ¿debo seguir orando aunque todavía no vea ninguna respuesta?

Jesús respondió a esta pregunta contando una parábola.

En Lucas 18, Jesús contó la historia de una viuda que necesitaba que un juez le hiciera justicia. Aquel hombre no temía a Dios ni se preocupaba por las personas, pero la mujer continuó insistiendo hasta que él decidió atenderla. Y Lucas deja claro por qué Jesús contó aquella historia: “Cierto día, Jesús les contó a sus discípulos una historia para mostrarles que siempre debían orar y nunca darse por vencidos.” (Lc. 18:1)

Observa que la enseñanza no es que Dios sea como aquel juez injusto. Al contrario. Si hasta un juez que no tenía interés en hacer el bien terminó atendiendo a aquella mujer por causa de su persistencia, ¿cuánto más escuchará Dios a quienes claman a Él?

La oración persistente no existe porque Dios necesite ser convencido. Existe porque necesitamos aprender a confiar en Él mientras esperamos. Orar continuamente significa permanecer delante de Dios incluso cuando todavía no podemos ver lo que Él está haciendo.

Tal vez llevas días, meses o incluso años orando por alguna situación. Quizás ya lo has pedido tantas veces que estás comenzando a pensar que ya no vale la pena continuar. No dejes de clamar.

El salmista escribió: “Esperé con paciencia al Señor, y él se inclinó para escuchar mi clamor.” (Sal. 40:1)

Observa la secuencia: primero, esperar; después, Dios se inclina y escucha. No siempre la respuesta llega en el momento que deseamos, pero la espera no significa necesariamente abandono. El silencio de Dios no significa que haya dejado de escuchar.

Lu continuó gritando porque creía que había alguien al otro lado de aquel túnel. Nosotros también podemos continuar clamando porque sabemos que existe un Dios que nos escucha.

Nunca dejes de clamar porque todavía no hayas escuchado la respuesta. Continúa orando, continúa esperando y continúa confiando: Dios escucha el clamor de sus hijos.

Oración: Señor, ayúdame a permanecer firme en oración incluso cuando la respuesta parezca tardar. Cuando el cansancio y el desánimo quieran hacerme detener, recuérdame que Tú estás escuchando mi clamor y enséñame a esperar en Ti con fe y perseverancia. Amén.

Versículo del día: “Esperé con paciencia al Señor, y él se inclinó para escuchar mi clamor.” — Salmo 40:1 | NTV

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