El poder que existe en un hombre que dobla sus rodillas

En los años 90 fui pastoreado por el pastor Pedro Tessari, quien actualmente, según tengo entendido, pastorea la Primera Iglesia Bautista de Vargem Grande, en Teresópolis, Río de Janeiro. Es muy posible que él no se acuerde mucho de mí, pero yo sí me acuerdo mucho de él. Siempre vi en el pastor Pedro a un verdadero hombre de Dios. No porque fuera perfecto, sino porque demostraba una búsqueda sincera de la presencia del Señor y de Su Palabra.

Hubo un episodio que marcó profundamente mi vida. En aquella época yo era líder de jóvenes en la Primera Iglesia Bautista de Ijuí y necesitaba hablar con él sobre algún asunto que, sinceramente, ya no recuerdo. Lo que nunca olvidé fue lo que encontré aquel día. Sin llamar a la puerta —una total falta de educación de mi parte— abrí la puerta de su oficina y entré. El pastor Pedro estaba allí, pero no sentado detrás de su escritorio. Estaba de rodillas, orando al Señor.

Aquella escena tan sencilla permaneció viva en mi memoria durante muchos años. Mi pastor estaba solo, en una oficina con la puerta cerrada, donde nadie podía verlo excepto Dios. En aquellos días, cuando todavía era joven, la práctica de buscar al Señor de rodillas y en secreto no formaba parte de mi vida. Hoy entiendo que Dios permitió aquella imprudencia de mi parte para enseñarme una lección que me acompañaría durante el resto de mi caminar cristiano.

Ahora, sirviendo en un ministerio de hombres, comprendo mucho mejor el poder que existe en un hombre que dobla sus rodillas delante del Padre. Y deseo ser ese hombre. Vivimos tiempos en los que muchos quieren demostrar fortaleza delante de las personas, pero la verdadera fortaleza espiritual nace cuando nos rendimos delante de Dios. El Señor no busca hombres autosuficientes; busca hombres dependientes de Su gracia.

Jesús enseñó esta verdad cuando dijo: “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en privado. Entonces tu Padre, quien todo lo ve, te recompensará (Mateo 6:6 – NTV). La intimidad con Dios se construye lejos de los reflectores, en el lugar secreto.

Daniel también comprendía este principio. Aun frente a la amenaza del foso de los leones, continuó haciendo lo que siempre hacía: “Tres veces al día se arrodillaba para orar y dar gracias delante de su Dios” (Daniel 6:10 – RV1960). Pablo, por su parte, escribió: “Cuando pienso en todo esto, caigo de rodillas y elevo una oración al Padre” (Efesios 3:14 – NTV), reconociendo que la fuerza para vivir la vida cristiana viene de Dios y no de nosotros mismos. Y el propio Señor Jesús, en el momento más difícil de Su vida terrenal, antes de la cruz, buscó al Padre en oración: “Se apartó de ellos a una distancia como de un tiro de piedra y, puesto de rodillas, oró” (Lucas 22:41 – RV1960).

Al observar estos pasajes, queda claro que hay algo poderoso en un hombre o una mujer que se arrodilla delante de Dios. No porque exista poder en las rodillas en sí mismas, sino porque existe poder en Aquel delante de quien nos arrodillamos.

Por eso vale la pena reflexionar: ¿cuándo fue la última vez que buscaste sinceramente al Señor en el lugar secreto? Es muy fácil caer en la trampa de las ocupaciones diarias, salir apresurado al trabajo, cumplir compromisos y terminar el día sin apartar algunos minutos para escuchar la voz de Aquel que creó todas las cosas. Sin embargo, quienes aprenden a arrodillarse delante de Dios encuentran la fuerza necesaria para mantenerse firmes ante cualquier circunstancia de la vida.

Oración: Señor, enséñame a valorar el lugar secreto. Que nunca esté demasiado ocupado para buscar Tu presencia. Dame un corazón dependiente de Ti y haz de mí una persona que encuentra fuerza de rodillas delante del Padre. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en privado. Entonces tu Padre, quien todo lo ve, te recompensará.” (Mateo 6:6 – TLA)

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