Corramos con perseverancia

Ocurrió en Australia, en 1983. El granjero Cliff Young, de 61 años, sorprendió al mundo al ganar la primera ultramaratón entre Sídney y Melbourne, una carrera de 875 kilómetros considerada una de las más difíciles del planeta. Mientras los demás competidores corrían durante el día y se detenían unas seis horas cada noche para dormir, Cliff mantuvo un ritmo lento, pero constante, prácticamente sin dormir durante toda la competencia. Después de 5 días, 15 horas y 4 minutos, cruzó la meta casi 10 horas antes que el segundo lugar, estableciendo un nuevo récord para el recorrido. Su sencilla estrategia —no ser el más rápido, sino seguir avanzando mientras los demás descansaban— lo convirtió en una leyenda del deporte y en un símbolo de perseverancia.
Esta historia me hace recordar una gran verdad de la vida cristiana: nuestro caminar con Dios no es una carrera de cien metros, sino una ultramaratón. El objetivo nunca ha sido llegar primero, sino llegar hasta el final permaneciendo fieles. Ese es precisamente el lenguaje que utiliza el autor de la carta a los Hebreos cuando nos exhorta a correr “con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante” (Hebreos 12:1, NTV). Observe que el texto no nos invita a correr más rápido que los demás ni a impresionar por nuestra velocidad. El llamado de Dios es a perseverar.
Volviendo a la historia de Cliff Young, la principal lección no está en el hecho de que corriera prácticamente sin dormir, pues eso no sería ni saludable ni recomendable. Lo que llama la atención es su constancia. Mientras muchos interrumpían la carrera para descansar, él simplemente seguía avanzando. Era un paso a la vez, un kilómetro a la vez, hasta llegar a la meta. En la vida espiritual sucede algo semejante. Muchos comienzan su caminar con gran entusiasmo. Leen varios capítulos de la Biblia cada día, pasan largos períodos en oración, participan en todas las actividades de la iglesia y muestran una admirable disposición para servir. Sin embargo, con el paso del tiempo el entusiasmo disminuye, la disciplina desaparece y, poco a poco, dejan de correr.
Al mismo tiempo, existen cristianos que quizás nunca hayan sido los más conocidos, los más talentosos o los más admirados. No logran leer toda la Biblia en un año, pero nunca dejan de alimentarse de ella cada día. Sus oraciones tal vez sean sencillas y discretas, pero jamás abandonan la comunión con Dios. No ocupan posiciones destacadas en la iglesia, pero sirven fielmente donde el Señor los ha colocado. Tal vez nunca crucen un océano como misioneros, pero aprovechan cada oportunidad para dar testimonio de Cristo al vecino, al taxista, al compañero de trabajo o al cajero del supermercado. Son personas que siguen caminando cuando muchos ya se han detenido.
Esa constancia tiene un enorme valor delante de Dios. El Reino de los Cielos no se edifica solamente con grandes hazañas realizadas en momentos extraordinarios, sino también con la fidelidad demostrada en las pequeñas decisiones repetidas a lo largo de la vida. Leer la Palabra hoy, orar hoy, perdonar hoy, servir hoy y permanecer firme hoy puede parecer poco a los ojos del mundo, pero es precisamente así como se completa la carrera de la fe.
Cliff Young venció porque comprendió un principio que también se aplica a la vida espiritual: muchas veces, la victoria no pertenece al más rápido, sino al que simplemente continúa cuando los demás se detienen. El apóstol Pablo expresa esta misma verdad al escribir: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.” (Gálatas 6:9, RVR1960). Dios no prometió recompensa para quienes solo comenzaron bien, sino para aquellos que permanecen fieles hasta el final.
Vivimos en una época en la que el entusiasmo suele valorarse más que la perseverancia. Sin embargo, el entusiasmo es una emoción; la perseverancia es una decisión. Las emociones cambian con facilidad, pero una vida cimentada en Cristo sigue avanzando aun cuando aparece el cansancio, cuando las circunstancias se vuelven difíciles y cuando los resultados parecen tardar. Quien continúa caminando por fe descubrirá, en el tiempo de Dios, que ningún paso dado en obediencia fue en vano.
Oración: Señor, ayúdame a permanecer firme en la carrera que has puesto delante de mí. Que no sea movido solamente por el entusiasmo de los primeros días, sino por la perseverancia que nace de la fe. Dame constancia para buscar Tu presencia, servir con fidelidad y nunca abandonar el camino hasta el día en que termine la carrera y esté contigo. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “Por lo tanto, ya que estamos rodeados por una enorme multitud de testigos de la vida de fe, quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante” (Hebreos 12:1, NTV)
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