Gracia inmerecida

Ocurrió en Rio Branco, en el estado de Acre, Brasil. Cámaras de seguridad registraron el momento en que una mujer, que quería deshacerse de su gato, arrojó al animal por la ventana de un carro en movimiento. Desorientado, el gato corrió desesperadamente detrás del vehículo y terminó siendo atropellado por el mismo carro. La mujer fue detenida en flagrancia por maltrato animal, y el gato murió.

Al leer esta noticia, además de lamentar la actitud cruel de la mujer, decidí leer los comentarios publicados en las redes sociales. El caso provocó una profunda indignación, y eso era de esperarse. Sin embargo, lo que encontré reveló algo aún más preocupante: un verdadero festival de odio, venganza y deseos de sufrimiento.

Reproduzco solo algunos de los comentarios:

  • “Creo que algunas personas de bien deberían hacerla desaparecer. Esa persona ya no merece vivir en sociedad.”
  • “Que le apliquen la misma pena.” (Es decir, la muerte.)
  • “Ni siquiera puedo escribir lo que quisiera que le pasara a un ser así… la cárcel es poco.”
  • “¡Todo sufrimiento es poco para esta escoria humana!”
  • “¡Espero que, cuando muera, sufra muchísimo!”

Estos son solo algunos entre cientos de comentarios semejantes.

No tengo la menor intención de defender la actitud de esa mujer. Lo que hizo es cruel, injustificable y merece el castigo previsto por la ley. El maltrato a los animales es incompatible con el cuidado que Dios espera de nosotros hacia Su creación.

Pero, al leer aquellos mensajes, percibí algo inquietante. Revelan cuánto nos falta todavía por comprender acerca de la gracia de Dios. Esa mujer necesita la gracia de Cristo. Y yo también. La diferencia entre nosotros no es que uno necesite perdón y el otro no. La diferencia está únicamente en el tipo de pecado que cada uno ha cometido.

Cuando comienzo a desear condenación, muerte o sufrimiento eterno para otra persona, olvido que yo también soy un pecador completamente dependiente de la misericordia de Dios. Jesús advirtió: “La medida que usen para juzgar a otros es la medida con que serán juzgados.” (Lucas 6:38, NTV). Si, en la medida con que evalúo el pecado del otro, no hay lugar para la misericordia, ¿por qué esperaría encontrar misericordia cuando Dios evaluara mis propios pecados?

Tal vez alguien piense: “Pero yo nunca haría algo así”. Puede ser cierto. Pero la Palabra de Dios declara: “Todos se desviaron; todos se volvieron inútiles. No hay ni uno que haga lo bueno, ni uno solo.” (Romanos 3:12, NTV). Y más adelante afirma: “Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios.” (Romanos 3:23, NTV). Eso no significa que todos los pecados tengan las mismas consecuencias en esta vida, ni que la justicia humana no deba cumplir su función. Significa, sin embargo, que delante de la santidad de Dios nadie puede declararse inocente.

El maltrato a los animales es repugnante. Pero el odio también lo es. Desear el sufrimiento de otro ser humano, sea quien sea, no encuentra aprobación en las Escrituras. El mayor ejemplo de ello está en la cruz. Mientras era crucificado injustamente y soportaba la mayor violencia que alguien haya sufrido, Jesús no pidió venganza contra quienes lo estaban matando. Al contrario, oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34).

Tal vez ese habría sido el comentario que Jesús escribiría en aquella publicación.

La cruz nos recuerda que Dios no ignoró el pecado. Lo juzgó. Pero también nos recuerda que la gracia fue ofrecida precisamente a quienes no la merecían. Usted y yo estamos entre esas personas. La gracia que hemos recibido nunca fue una recompensa por nuestra bondad. Fue un regalo inmerecido. Y quien ha sido alcanzado por esa gracia está llamado a extenderla a los demás, aun cuando eso parezca difícil.

Extender gracia es difícil, lo sé. Pero es absolutamente necesario.

Oración: Señor, reconozco que yo también soy un pecador alcanzado por Tu gracia. Líbrame de un corazón dominado por el odio, la venganza y la falta de misericordia. Enséñame a amar al pecador sin aprobar el pecado, así como Cristo hizo conmigo. Que nunca olvide que fui perdonado cuando nada merecía. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios.” (Romanos 3:23, NTV)

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