Ausencia de Dios

Ocurrió en Belém, estado de Pará, Brasil, en 2025. Una mujer llamada Mônica Carvalho fue asesinada a tiros a plena luz del día. Tras la investigación, la policía concluyó que el crimen había sido ordenado por Miriam Meire y por su esposo, Cléber Oliveira. Mônica mantenía una relación extramatrimonial con Cléber. Al descubrir la infidelidad, Miriam aceptó reconciliarse con su esposo, pero puso una condición: que le quitara la vida a Mônica. Él aceptó. Además del matrimonio, las autoridades arrestaron a Matheus da Silva, hijo de Miriam, por haber participado en la planificación del homicidio.

Dominada por los celos y el deseo de venganza, Miriam contribuyó a la muerte de una persona y a la destrucción de su propia familia. Además de la víctima, su esposo, la misma Miriam y su hijo terminaron en prisión. Al menos cuatro vidas fueron destruidas directamente, sin contar todos los familiares y amigos marcados por esta tragedia.

Lamentablemente, vivimos tiempos en los que noticias como esta ya no nos sorprenden. La infidelidad, el odio, los celos, la venganza y el asesinato ocupan diariamente los titulares, revelando hasta dónde puede llegar un corazón alejado de Dios. ¿Cuántos pecados podemos identificar en una sola historia? Más aún, este caso nos muestra lo que sucede cuando una vida es guiada sin la presencia del Señor.

Imagine por un momento cómo habría sido la historia de Miriam y Cléber si ambos hubieran vivido en el temor de Dios. Imagine si cada día hubieran dedicado tiempo a meditar en las Escrituras, buscar a Dios en oración y permitir que Su Palabra confrontara sus pensamientos y decisiones. Tal vez el adulterio nunca habría ocurrido. Tal vez el perdón habría vencido al deseo de venganza. Tal vez el arrepentimiento habría ocupado el lugar del odio. Muy probablemente, esta historia jamás habría existido.

La ausencia de Dios transforma lentamente el corazón humano. Nos vuelve más egoístas, insensibles, crueles e indiferentes al sufrimiento de los demás. Cauteriza la conciencia, debilita nuestra percepción del bien y del mal y nos conduce a una búsqueda incesante de los deseos de la carne, como si satisfacer nuestros impulsos fuera el propósito de la vida. Cuanto más nos alejamos de Dios, menos nos parecemos a Cristo y más espacio damos para que la vieja naturaleza gobierne nuestras acciones.

Eso fue precisamente lo que el apóstol Pablo describió al hablar de una humanidad que rechazó el conocimiento de Dios: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.” (Romanos 1:28, RVR1960). Rechazar la presencia de Dios nunca produce verdadera libertad; produce esclavitud al pecado.

Por el contrario, quienes permanecen en Cristo experimentan un camino completamente diferente. El Espíritu Santo produce en Sus hijos un carácter que se opone de manera natural a las obras de la carne. En lugar de odio, produce amor; en lugar de venganza, produce mansedumbre; en lugar de impulsividad, produce dominio propio. Como escribió Pablo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.” (Gálatas 5:22-23, RVR1960).

Tal vez miremos una historia como esta y pensemos que está muy lejos de nuestra realidad. Sin embargo, ninguno de nosotros está libre del pecado si decide vivir lejos de la presencia de Dios. Aunque jamás cometamos crímenes semejantes, también somos capaces de alimentar resentimientos, cultivar amargura, justificar el orgullo y permitir que la ira encuentre lugar en nuestro corazón. Por eso Jesús declaró: “Permaneced en mí, y yo en vosotros… porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:4-5, RVR1960).

La verdadera cuestión no es solamente la magnitud del pecado que alguien haya cometido, sino lo que sucede con cualquier corazón que decide vivir lejos de Dios. Cuanto más nos alejamos de Él, más nos alejamos del propósito para el cual fuimos creados. Cuanto más permanecemos en Cristo, más Su carácter es formado en nosotros. La presencia de Dios no solo transforma nuestro destino eterno; también transforma nuestra manera de pensar, de sentir, de reaccionar y de vivir cada día.

Oración: Señor, no permitas que viva lejos de Tu presencia. Guarda mi corazón del pecado, del orgullo, de la amargura y de todo sentimiento que me aparte de Ti. Forma en mí el carácter de Cristo y ayúdame a permanecer cada día en Tu Palabra, en oración y en comunión contigo. Que Tu presencia transforme mis pensamientos, mis emociones y mis acciones. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Permaneced en mí, y yo en vosotros… porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:4-5, RVR1960)

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