Favor inmerecido

Quiero invitarte a dedicar unos pocos minutos a la reflexión. Piensa en el día de ayer y responde: ¿cuál fue el favor inmerecido que hiciste por alguien? Detén la lectura y, durante 30 segundos, intenta recordar cuál o cuáles fueron esos favores inmerecidos que extendiste a otras personas.
¿Fue fácil recordar alguno? ¿Recordaste varios? ¿O no recordaste ninguno?
Un favor inmerecido es aquello que hacemos por alguien que no hizo absolutamente nada para merecerlo. Es aquello que damos y que va en contra de lo que sería “justo”. Cada cristiano, cuando recibió la salvación en Cristo Jesús, recibió un favor inmerecido, porque no hay ningún mérito en nosotros que nos haga merecedores de ese regalo de salvación. Y, aun así, nos fue dado sin que lo mereciéramos: “Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es una recompensa por las cosas buenas que hemos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo.” (Efesios 2:8-9 – NTV).
Al hacer este ejercicio en el momento en que escribo esta reflexión, pude recordar un favor inmerecido que hago con mucha frecuencia por mis vecinos, donde vivo. Cada vez que voy a la parte exterior del conjunto residencial para sacar a mi perro a hacer sus necesidades, obviamente recojo sus excrementos. Pero el favor inmerecido que hago es recoger también los excrementos que algunos de mis vecinos no recogieron cuando salieron con sus mascotas. El domingo pasado, llegué a recoger hasta 25 excrementos dejados por mis queridos vecinos.
Comparto esta práctica en esta reflexión no para recibir ninguna gloria ni para parecer humilde, sino porque es un excelente ejemplo de lo que es un favor inmerecido. Mis vecinos, aquellos que no recogen los excrementos de sus mascotas, no merecen que yo haga eso por ellos. Todo lo contrario, lo que merecen, y sería justo, es una multa por parte de la administración. Sin embargo, yo les extiendo un favor inmerecido al hacer el trabajo que les correspondía a ellos. La misma gracia inmerecida que recibí de Cristo, la extiendo a mi prójimo, aunque ni siquiera sé quién es.
En Efesios 4:32 somos llamados a ser “amables unos con otros, misericordiosos, y a perdonarnos unos a otros, tal como Dios nos perdonó a nosotros por medio de Cristo.” También en Colosenses 3:13 somos desafiados a soportar los errores de los demás: “Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a los demás.”
También debo confesar que, al hacer este ejercicio propuesto en la reflexión, no pude recordar ningún otro favor inmerecido que haya hecho por alguien. Y esto revela que todavía tengo mucho por crecer, porque doy muy poco cuando pienso en todo lo que recibo de Cristo.
Que esta reflexión te ayude hoy a identificar oportunidades para extender un favor inmerecido a los demás. Que tú y yo podamos reconocer que lo que recibimos de Cristo fue completamente inmerecido y que, de la misma manera, debemos actuar con nuestro prójimo.
Quien realmente comprende la gracia que recibió de Cristo no puede guardarla solamente para sí.
Oración: Señor, enséñame a reconocer la gracia que he recibido y a extenderla a los demás, aun cuando no la merezcan. Amén.
Versículo del día: “Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a los demás.” (Colosenses 3:13 – NTV)
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