Cuando la tierra tiembla

Esta semana, el 10 de agosto, a las 7:48 de la mañana, hora local de Colombia, la tierra tembló. Un terremoto de 7,4 grados en la escala de Richter nos obligó, de manera inmediata y sin previo aviso, a evacuar edificios y buscar un lugar seguro. Yo vivo en la ciudad de Ibagué, a aproximadamente 200 kilómetros del epicentro, y mi edificio literalmente se balanceó de un lado a otro, haciendo que mi esposa, mi hijo y yo saliéramos rápidamente del apartamento sin llevar absolutamente nada.
En una situación como esa, cada segundo puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. No hay tiempo para escoger objetos ni para decidir qué bienes materiales salvar. La preservación de la vida prevalece sobre todo lo demás.
Vivir la experiencia de un terremoto nos enseña muchas cosas sobre la vida. Y quiero compartir algunas de ellas en esta breve reflexión.
La primera enseñanza es que hay cosas que no pueden esperar. En un terremoto no podemos decir: “Voy a salir de aquí en cinco minutos”. Es necesario actuar de inmediato. Lamentablemente, en la vida dejamos muchas cosas importantes para después: una petición de perdón, la decisión de perdonar a alguien, una visita, una llamada, un abrazo, una palabra de gratitud o un momento con las personas que amamos. Salomón escribió: “Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo.“ (Eclesiastés 3:1 – NTV). La gran cuestión es que no siempre sabemos cuánto tiempo nos queda. ¿Cuántas cosas importantes estamos posponiendo para un “después” que tal vez nunca llegue?
La segunda enseñanza tiene que ver con la fragilidad de la vida. En pocos segundos, aquello que parecía sólido puede convertirse en motivo de preocupación. Un edificio que parecía inamovible se sacude. Una rutina normal se interrumpe. Un día común se transforma en un momento inolvidable. Santiago nos recuerda esta realidad cuando escribe: “¿Cómo saben que será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma.“ (Santiago 4:14 – NTV). Vivimos como si tuviéramos el control de todo, pero la verdad es que dependemos completamente de la gracia y de la protección de Dios.
La tercera enseñanza es que la vida vale más que los bienes materiales. Durante aquellos largos minutos de tensión, vi a una señora subir las escaleras de mi edificio para rescatar a sus padres ancianos. No estaba regresando por dinero, documentos, joyas o aparatos electrónicos. Estaba preocupada únicamente por vidas humanas. En ese momento quedó claro lo que realmente importa. Las palabras de Jesús resuenan con fuerza: “¿No es la vida más que la comida, y el cuerpo más que la ropa?” (Mateo 6:25 – NTV). Muchas veces pasamos años acumulando cosas y olvidamos valorar a las personas. Un terremoto nos recuerda, en cuestión de segundos, aquello que realmente tiene valor eterno.
La cuarta enseñanza es que un amigo puede llegar a ser más cercano que un hermano. Algo que me impactó profundamente aquel día fue la cantidad de mensajes que recibí de amigos de diferentes lugares del mundo preocupados por mí y por mi familia. Algunos escribieron inmediatamente después de conocer la noticia del terremoto. Otros llamaron para saber si estábamos bien. En los momentos difíciles descubrimos el valor de las relaciones que Dios pone en nuestra vida. La Biblia dice: “Un amigo es siempre leal, y un hermano nace para ayudar en tiempo de necesidad.“ (Proverbios 17:17 – NTV). Dios frecuentemente manifiesta Su cuidado a través de las personas que caminan a nuestro lado.
Al reflexionar sobre todo esto, me doy cuenta de que los terremotos no solo sacuden edificios. También sacuden nuestras prioridades. Nos recuerdan la brevedad de la vida, la importancia de las relaciones, la necesidad de vivir en paz con Dios y con las personas, y la inutilidad de confiar en las cosas materiales. Cuando la tierra tiembla, lo superficial pierde importancia y lo esencial se vuelve evidente.
Tal vez esa sea una de las grandes lecciones que Dios desea enseñarnos: vivir cada día con gratitud, amar a las personas mientras hay tiempo, mantener el corazón reconciliado con Él y recordar que nuestra verdadera seguridad no está en edificios, cuentas bancarias o planes humanos, sino en el Señor, que permanece firme aun cuando todo a nuestro alrededor parece tambalearse.
Oración: Señor, enséñanos a vivir con sabiduría y a valorar aquello que realmente importa. Ayúdanos a no posponer el amor, el perdón y la obediencia. Recuérdanos la fragilidad de la vida y la seguridad que solamente podemos encontrar en Ti. Que nuestros corazones permanezcan siempre firmes en Tu presencia. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad. Por eso no temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar.” (Salmos 46:1-2 – TLA)
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