¿Dónde encontraremos el camino para reconciliarnos con Dios?

Recientemente, acompañé a un grupo de jóvenes misioneros durante una semana de evangelismo en la ciudad de Medellín, Colombia. En una de las actividades realizadas en una plaza, un hombre se acercó a mí y me preguntó si lo que llevaba era una Biblia. Le respondí que sí e inmediatamente afirmó: “Todo lo que está escrito ahí es mentira.”

Conversé con él durante algunos minutos y pronto comprendí que cualquier argumento basado en las Escrituras sería rechazado. Entonces cerré la Biblia y le dije: “Está bien. Si no crees en la Biblia, no hablaremos de ella. Solo mira al cielo, observa la naturaleza y dime si no puedes reconocer que existe un Dios.” Él respondió que creía en Dios, pero no en la Biblia.

Guiado por el Espíritu Santo, le hice otra pregunta: “¿Eres un hombre bueno o malo?” Sin dudarlo, respondió: “Todos somos malos.” Estuve de acuerdo con él y añadí: “Yo también soy un hombre malo. Por eso necesito reconciliarme con Dios.” Entonces le hice una última pregunta: “Si tú y yo somos pecadores y necesitamos reconciliarnos con Dios, ¿cómo lo haremos sin las Escrituras? ¿Dónde encontraremos el camino para esa reconciliación?” Él permaneció en silencio.

Aquella conversación me llevó a reflexionar sobre una pregunta muy importante: ¿cómo conocería la humanidad el camino de la salvación si Dios no hubiera revelado Su voluntad por medio de las Sagradas Escrituras? ¿Dónde encontraríamos el camino para ser perdonados, restaurados y reconciliados con nuestro Creador? ¿Buscaríamos respuestas en libros escritos por hombres, cada uno presentando su propia opinión? ¿Las encontraríamos en la meditación, en las ideas de algún filósofo, en experiencias personales o en sueños? Si Dios no hubiera hablado, cada hombre seguiría el camino que le pareciera correcto, pero nadie tendría la certeza de estar caminando en la dirección correcta.

Afortunadamente, Dios no dejó a la humanidad abandonada a sus propias conclusiones. Él reveló Su voluntad y dejó registrado Su plan de salvación en las Escrituras. Es allí donde encontramos la declaración más importante hecha por Jesús: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6, RVR1960). Cristo no afirmó ser uno entre varios caminos posibles, ni dijo conocer el camino. Él declaró ser el propio camino. Todo intento de reconciliación con Dios que ignore a Cristo está, inevitablemente, destinado al fracaso.

Esa misma verdad fue proclamada por los apóstoles. Cuando Pedro y Juan comparecieron ante el Sanedrín y fueron interrogados por las autoridades judías, Pedro declaró con absoluta convicción: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12, RVR1960). El mensaje de los primeros cristianos nunca fue que Jesús era una buena opción entre muchas. Desde el principio, la Iglesia anunció que solamente Cristo puede salvar al ser humano.

Es precisamente en las Escrituras donde comprendemos por qué necesitamos un Salvador. Sin ellas, alguien podría creer en la existencia de Dios durante toda su vida y, aun así, nunca entender que es pecador, que está separado de su Creador y que necesita la obra redentora de Cristo para ser justificado delante del Padre. La Biblia no solo revela quién es Dios; también revela quiénes somos nosotros y cuál es la única solución para nuestro pecado.

Por eso, rechazar las Escrituras es, inevitablemente, rechazar a Cristo. No basta con afirmar que se cree en Dios. Santiago escribe una frase profundamente confrontadora: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.” (Santiago 2:19, RVR1960). La simple creencia en la existencia de Dios no salva a nadie. Los mismos demonios saben que Dios existe. La diferencia está en reconocer a Jesucristo como Señor y Salvador.

Vivimos en una generación en la que muchas personas dicen creer en un dios abstracto, impersonal, distante e indefinido. No saben decir quién es, ni conocen Su carácter o Su voluntad. Afirman que no les gusta la religión y suelen decir que basta con ser una buena persona. Sin embargo, esa idea no encuentra respaldo en las Escrituras. El apóstol Juan escribió: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.” (Juan 3:36, RVR1960). La cuestión central no es simplemente creer en Dios, sino creer en el Hijo que el Padre envió al mundo para salvar a los pecadores.

¿Y cómo podrá alguien creer verdaderamente en Cristo sin conocerlo? ¿Y cómo podrá conocerlo si rechaza precisamente el testimonio que Dios dejó acerca de Él? Por eso las Escrituras son indispensables. Ellas nos presentan al único Salvador, revelan el plan de la redención y muestran el camino de la reconciliación con Dios.

La conclusión es inevitable: solamente en las Sagradas Escrituras encontramos el camino que conduce de regreso al Padre. Y ese camino no es una filosofía, una religión ni un conjunto de buenas obras. Ese camino tiene un nombre: Jesucristo.

Oración: Señor, gracias porque no nos dejaste perdidos en nuestras propias ideas, sino que revelaste, por medio de Tu Palabra, el camino de la salvación. Dame un amor cada vez mayor por las Escrituras y ayúdame a permanecer firme en la verdad que ellas revelan. Que jamás me aparte de Cristo, el único camino que conduce al Padre, y que mi vida anuncie esta verdad a todos aquellos que aún no la conocen. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6, RVR1960)

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