Transformando la frustración en injusticia

Aconteció en Corea del Sur, durante la Copa Mundial de 2002. El delantero surcoreano Ahn Jung-hwan, que jugaba para el club italiano Perugia, pasó a la historia al marcar el gol de la victoria de Corea del Sur sobre Italia en los octavos de final del Mundial de 2002, eliminando a los italianos de la competición. La reacción del presidente del Perugia, Luciano Gaucci, fue explosiva: anunció que el jugador no volvería al club, hizo declaraciones consideradas xenófobas y prejuiciosas, y afirmó que no pagaría el salario de alguien que había “arruinado el fútbol italiano”. La actitud generó críticas internacionales. En los años siguientes, el Perugia entró en declive, enfrentó graves problemas financieros, descendió de categoría varias veces y terminó llegando a las divisiones más bajas del fútbol italiano. Actualmente compite en la tercera división del país. Mientras tanto, Ahn Jung-hwan permaneció como uno de los mayores héroes de la historia del fútbol surcoreano.
La historia llama la atención porque Ahn Jung-hwan no había traicionado a su club ni cometido ninguna falta profesional. Al contrario, simplemente hizo aquello para lo que había sido llamado como jugador de la selección de Corea del Sur. Sin embargo, la frustración por la eliminación de Italia encontró un objetivo, y la ira de un hombre terminó descargándose sobre la persona equivocada.
Lamentablemente, esto ocurre con más frecuencia de lo que imaginamos. Muchas veces transformamos nuestra frustración en injusticia. Una decepción en el trabajo se descarga en el hogar. Un problema financiero se convierte en impaciencia con los hijos. Una herida emocional se manifiesta en palabras duras contra personas que no tienen nada que ver con el origen del dolor.
El dolor no tratado frecuentemente busca un culpable.
La Biblia reconoce que todos sentimos ira en determinados momentos, pero también nos enseña a manejarla correctamente. Pablo escribió: “Además, ‘no pequen al dejar que el enojo los controle’. No permitan que el sol se ponga mientras siguen enojados” (Efesios 4:26, NTV).
El problema no es sentir emociones. El problema es permitir que ellas gobiernen nuestras acciones. Cuando la ira permanece en el corazón, comienza a distorsionar nuestra percepción, afectando nuestras relaciones y produciendo injusticias.
Por eso el salmista aconseja: “¡Ya no sigas enojado! ¡Deja a un lado tu ira! No pierdas los estribos, que eso solo trae daño” (Salmos 37:8, NTV). ¿Cuántas palabras nunca se habrían dicho si las emociones fueran tratadas delante de Dios antes de ser derramadas sobre otras personas? ¿Cuántas relaciones serían preservadas si aprendiéramos a identificar la verdadera raíz de nuestras frustraciones?
Jesús nos ofrece un camino diferente. En lugar de transferir nuestras heridas a los demás, somos invitados a llevar ante Él nuestras ansiedades, amarguras y preocupaciones. El Señor es capaz de sanar aquello que nadie más logra ver.
Ahn Jung-hwan se convirtió en víctima de la frustración de otra persona. Que esto nos sirva de advertencia para no transformar nuestras propias heridas en injusticia contra quienes están a nuestro alrededor.
No siempre podemos controlar lo que sentimos, pero sí podemos elegir qué hacer con aquello que sentimos.
Oración: Señor, ayúdame a reconocer mis emociones y a tratarlas en Tu presencia. Líbrame de descargar mis frustraciones sobre personas inocentes y enséñame a actuar con sabiduría, dominio propio y misericordia. Que mi dolor nunca se transforme en injusticia contra quienes me rodean. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “Además, ‘no pequen al dejar que el enojo los controle’. No permitan que el sol se ponga mientras siguen enojados”. (Efesios 4:26, NTV)
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