La progresión de la humildad de Pablo

Hay una secuencia en las cartas del apóstol Pablo que siempre ha llamado mi atención.

En 1 Corintios 15:9, escribe: Pues yo soy el más insignificante de todos los apóstoles. De hecho, ni siquiera soy digno de ser llamado apóstol… Algunos años después, en Efesios 3:8, sus palabras se vuelven aún más profundas: “Aunque soy el más insignificante de todo el pueblo santo de Dios, él me dio el privilegio de anunciar… Finalmente, ya cerca del final de su vida, Pablo escribe a Timoteo: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el peor de todos ellos. (1 Timoteo 1:15, NTV).

Esta progresión es extraordinaria. En 1 Corintios, Pablo se compara con los demás apóstoles y concluye que es el menor entre ellos. En Efesios, amplía la comparación y afirma ser el menor, no solo entre los apóstoles, sino entre todo el pueblo de Dios. En 1 Timoteo, ya no se compara con nadie. Delante de la santidad de Dios, se mira a sí mismo y declara ser el peor de los pecadores.

A primera vista, alguien podría pensar que Pablo estaba desarrollando una baja autoestima. Pero ocurre exactamente lo contrario. Cuanto más conocía a Dios, con mayor claridad se veía a sí mismo.

Este es uno de los grandes paradójicos de la vida cristiana. El verdadero crecimiento espiritual no produce orgullo, sino humildad. Cuanto más cerca estamos de la luz, más visibles se vuelven las manchas que antes pasaban desapercibidas.

Isaías experimentó esto cuando contempló la gloria del Señor en el templo. Su reacción no fue exaltar sus cualidades, sino exclamar: “¡Es un desastre! ¡Estoy condenado, porque soy un pecador! (Isaías 6:5, NTV). Lo mismo ocurrió con Pedro. Después de la pesca milagrosa, no celebró el milagro. Cayó de rodillas delante de Jesús y le dijo: “¡Señor, por favor, apártate de mí; soy un pecador! (Lucas 5:8, NTV).

La cercanía con Dios nunca aumenta nuestra admiración por nosotros mismos. Aumenta nuestra admiración por Su gracia.

Lamentablemente, existe una falsa espiritualidad que lleva a las personas a sentirse superiores a los demás. Llegan a creer que oran más, conocen mejor la Biblia, ayunan más o sirven mejor que otros. Ese no fue el camino de Pablo. Cuanto más Dios lo usaba, más pequeño se consideraba. Cuanto más comprendía la santidad del Señor, más reconocía su dependencia de la gracia. Ese también debe ser nuestro camino.

Si con el paso de los años nos estamos volviendo más críticos, más orgullosos y más convencidos de nuestra propia justicia, quizá estemos creciendo en conocimiento, pero no en madurez espiritual.

El cristiano maduro no es el que se considera mejor que los demás. Es el que, al conocer cada vez más a Dios, se vuelve cada vez más agradecido por la misericordia que ha recibido. Porque toda verdadera santidad apunta a la gracia, y toda verdadera humildad nace cuando comprendemos que, sin Cristo, no somos nada.

Oración: Señor, líbrame del orgullo espiritual. Que, a medida que crezca en el conocimiento de Tu Palabra, también crezca en humildad. Ayúdame a no confiar jamás en mis propios méritos, sino a reconocer cada día que todo lo que soy y todo lo que tengo es fruto de Tu gracia. Que cada vez me admire menos de mí mismo y más de Cristo. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “La siguiente declaración es digna de confianza, y todos deberían aceptarla: ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, y yo soy el peor de todos ellos’.” (1 Timoteo 1:15, NTV)

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