La batalla de la mente

Una vez escuché a alguien decir que no existe ninguna razón para preocuparnos por los problemas. Y lo demonstraba haciendo dos preguntas muy sencillas:
— ¿Tu problema tiene solución? ¿Sí? Entonces, ¿por qué preocuparte?
— ¿Tu problema no tiene solución? ¿No? Entonces, ¿de qué sirve preocuparse?

En otra ocasión escuché una reflexión parecida acerca de las ofensas.
Si alguien te dice: “¡Eres gordo!”, y eso es verdad, ¿por qué ofenderte? La realidad sigue siendo la misma, independientemente de lo que esa persona haya dicho.
Pero si alguien te dice: “¡Eres gordo!”, y eso es mentira, ¿por qué molestarte? Tú sabes que eso no corresponde a la realidad.

Estos ejemplos son sencillos, pero revelan algo importante: muchas veces sufrimos más por lo que ocurre dentro de nuestra mente que por los hechos en sí.

Vivimos en una generación marcada por la ansiedad, el estrés y la preocupación constante. Nos preocupamos por lo que todavía no ha sucedido, por lo que los demás piensan de nosotros o por situaciones que quizá nunca ocurran. Gastamos energía emocional anticipando problemas y alimentando pensamientos que solo nos roban la paz.

Jesús conocía muy bien esa tendencia del corazón humano. Por eso dijo: “Por eso les digo que no se preocupen por la vida diaria…” (Mateo 6:25, NTV). Y, unos versículos más adelante, concluyó: “Así que no se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes por hoy.” (Mateo 6:34, NTV).

Esto no significa vivir de manera irresponsable ni ignorar los problemas. Significa reconocer que la preocupación excesiva no resuelve aquello que está fuera de nuestro control.

Si hay algo que podemos hacer, debemos actuar con sabiduría. Si no podemos cambiar una determinada situación, debemos ponerla en las manos de Dios. En cualquiera de los dos casos, la preocupación no añade absolutamente nada.

El apóstol Pablo escribió: “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho.” (Filipenses 4:6, NTV). Observa que Pablo no solo nos dice que dejemos de preocuparnos. También nos presenta una alternativa: transformar la preocupación en oración.

El mismo principio se aplica a las ofensas. Cuando nuestra identidad está afirmada en Cristo, dejamos de ser esclavos de la opinión de los demás. Si una crítica es verdadera, puede ayudarnos a crecer. Si es falsa, no define quiénes somos. En ambos casos, no necesitamos perder la paz.

Proverbios afirma: “Un corazón tranquilo da vida al cuerpo…” (Proverbios 14:30, NTV). Tal vez una de las mayores muestras de madurez espiritual sea aprender a vivir con más serenidad. No porque la vida sea fácil, sino porque sabemos que Dios sigue teniendo el control. Quien confía en la soberanía del Señor puede descansar. Quien cree que debe controlar todo termina viviendo agotado.

Hay batallas que Dios nunca nos pidió cargar. Hay preocupaciones que existen más en nuestra imaginación que en la realidad. Y hay una paz que solo experimenta quien aprende a poner en las manos del Señor aquello que no puede resolver por sí mismo.

Oración: Señor, enséñame a descansar en Ti. Líbrame de la ansiedad, de la preocupación excesiva y de la carga de querer controlar todo. Dame sabiduría para actuar cuando deba hacerlo y fe para confiar cuando ya no esté en mis manos cambiar las circunstancias. Que mi corazón permanezca firme en la certeza de que Tú cuidas de mí y gobiernas todas las cosas. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” (1 Pedro 5:7, NTV)

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