El alcance de nuestras decisiones

Aconteció en Ribeirão Cascalheira, Mato Grosso, Brasil, en julio de 2025. La adolescente Katrina Martins, de 16 años, esperaba la llegada de su padre en una esquina cercana a un rodeo cuando fue alcanzada por un disparo de arma de fuego y murió. Según las investigaciones, el disparo salió del arma del delegado Vinicius Martinez, quien se encontraba fuera de servicio y se vio involucrado en una discusión en la entrada del evento después de intentar impedir el ingreso de un hombre que llevaba bebidas alcohólicas, algo prohibido por la organización. Durante el altercado, el delegado realizó cuatro disparos hacia el suelo, pero uno de los proyectiles rebotó o se desvió y alcanzó a Katrina, que no tenía ninguna relación con la discusión.

Una de las partes más dolorosas de esta historia es comprender que Katrina era completamente ajena al conflicto. No formaba parte de la discusión, no conocía a los involucrados y no tomó ninguna de las decisiones que culminaron en la tragedia. Aun así, sufrió las consecuencias de las decisiones tomadas por otras personas.

Esta realidad nos recuerda una verdad que muchas veces olvidamos: nuestras decisiones nunca nos afectan únicamente a nosotros mismos. Vivimos en comunidad, en familia y en sociedad. Existe una tendencia natural a pensar que determinadas decisiones son “problema mío”, pero la verdad es que casi siempre hay alguien siendo impactado por aquello que hacemos.

El apóstol Pablo escribió: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.” (Romanos 14:7 – ARA). Las decisiones de un padre afectan a sus hijos. Las decisiones de un esposo afectan a su esposa. Las actitudes de un líder impactan a aquellos que están bajo su responsabilidad. Una palabra dicha sin pensar puede herir a alguien. Una actitud impulsiva puede generar consecuencias que se extienden mucho más allá del momento en que fueron tomadas.

De la misma manera, también debemos reconocer que vivimos en un mundo marcado por el pecado, donde con frecuencia personas inocentes terminan sufriendo por decisiones que jamás tomaron. Los hijos sufren por las decisiones de los padres. Las familias sufren por las decisiones de uno de sus miembros. Naciones enteras pueden ser afectadas por las decisiones de sus gobernantes.

Por eso Dios siempre dio tanta importancia a la responsabilidad personal y al dominio propio. El libro de Proverbios afirma: “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.” (Proverbios 25:28 – ARA)

En un mundo donde nuestras decisiones tienen un alcance mayor del que imaginamos, somos llamados a vivir con prudencia, responsabilidad y temor de Dios.

Al mismo tiempo, cuando sufrimos las consecuencias producidas por las decisiones de otras personas, podemos descansar en la certeza de que nada escapa a los ojos del Señor. El Dios que ve el dolor de los inocentes sigue siendo justo, soberano y consolador.

Nuestras decisiones siempre tienen un alcance mayor del que imaginamos. Y las decisiones de los demás también. Por eso, cada decisión debe ser tomada con la conciencia de que rara vez caminamos solos.

Oración: Señor, ayúdame a vivir con responsabilidad y sabiduría. Líbrame de las actitudes impulsivas y hazme recordar que mis decisiones pueden impactar la vida de otras personas. Dame dominio propio, prudencia y un corazón sensible hacia el prójimo. Y cuando yo sufra por decisiones que no tomé, ayúdame a confiar en Tu justicia y en Tu cuidado. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.” (Romanos 14:7 – ARA)

Loading

Compartilhe:

Adicionar um Comentário

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *