Memorias de un hombre muerto

Publicado en 1881, el libro Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis, revolucionó la literatura brasileña al presentar un narrador poco común: un hombre que escribe sus memorias después de muerto. Al repasar su propia historia, Brás Cubas revela una vida marcada por todo aquello que muchos consideran sinónimo de éxito: riqueza, posición social, educación, influencia y romances. Sin embargo, al hacer un inventario sincero de su existencia desde la tumba, cuando ya no existe la oportunidad de corregir decisiones ni cambiar de rumbo, concluye que la fama, el prestigio, el poder y los placeres nunca le dieron el verdadero sentido de la vida. Su relato es un profundo retrato de la incapacidad de los logros humanos para llenar el vacío del alma.

Al leer esta obra, es difícil no pensar en una parábola contada por Jesús en Lucas 12:16-21. Allí, Jesús habla de un hombre muy rico cuya tierra produjo una cosecha abundante. Ante aquella prosperidad, decidió derribar sus graneros y construir otros más grandes, convencido de que había asegurado un futuro tranquilo. Se dijo a sí mismo: Ya tienes almacenado para muchos años. Descansa, come, bebe y disfruta de la vida”. Pero esa misma noche Dios le dijo: “¡Necio! Vas a morir esta misma noche. ¿Y quién se quedará con todo aquello por lo que has trabajado? (Lucas 12:19-20, NTV).

Al igual que Brás Cubas, aquel hombre descubrió demasiado tarde que había construido una vida próspera en lo material, pero vacía en lo espiritual.

La diferencia es que Machado nos presenta esa conclusión a través de la literatura, mientras que Jesús la presenta como una verdad eterna.

El problema nunca fue poseer riquezas. Hombres como Abraham, Job y José de Arimatea fueron ricos y sirvieron fielmente al Señor. El verdadero problema surge cuando acumulamos bienes y descuidamos aquello que realmente importa; cuando invertimos toda la vida en lo que permanecerá en este mundo y casi nada en lo que tendrá valor por la eternidad.

Por eso Jesús hizo una de las preguntas más profundas de las Escrituras: “¿Qué beneficio obtienes al ganar el mundo entero si pierdes tu propia alma?” (Marcos 8:36, NTV). Esa pregunta sigue resonando a través de los siglos.

¿De qué sirve alcanzar una carrera brillante, construir un gran patrimonio, recibir aplausos, reconocimiento y prestigio, si al final de la vida descubrimos que dejamos a Dios fuera de ella?

El gran privilegio que Dios nos concede es que no tenemos que esperar hasta la muerte para hacer ese balance. Brás Cubas solo pudo evaluar su vida cuando ya no había tiempo para cambiar nada. Nosotros podemos hacerlo hoy.

Mientras hay vida, hay oportunidad para reordenar nuestras prioridades, arrepentirnos, reconciliarnos con Dios e invertir en aquello que realmente tiene valor eterno.

Quizá esa sea una de las mayores expresiones de la gracia de Dios: permitirnos hacer, mientras aún vivimos, un inventario de nuestra alma. La mayor tragedia no es morir sin fama, ni sin riquezas, ni sin reconocimiento. La mayor tragedia es vivir sin Cristo.

Porque quien encuentra a Cristo descubre un tesoro que ni siquiera la muerte puede arrebatar.

Oración: Señor, líbrame de la ilusión de construir una vida rica a los ojos del mundo, pero pobre delante de Ti. Ayúdame a invertir mi tiempo, mis recursos y mis dones en aquello que tiene valor eterno. Que nunca permita que las riquezas, el prestigio o los logros ocupen el lugar que solo Te pertenece a Ti. Enséñame a hacer hoy un balance de mi vida y a vivir de tal manera que, al final del camino, sea hallado fiel. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: «¿Qué beneficio obtienes al ganar el mundo entero si pierdes tu propia alma?» (Marcos 8:36, NTV)

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