Hombría al máximo

Recientemente, con el grupo de hombres de la iglesia, asistimos una serie del pastor Robert Barriger titulada “Hombría al Máximo”. El texto principal utilizado a lo largo de las enseñanzas fue 1 Corintios 13:11, donde el apóstol Pablo escribe: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño; pero cuando crecí, dejé atrás las cosas de niño” (1 Corintios 13:11, NTV).
A partir de este versículo, el pastor Barriger enfatizó una verdad que todo hombre necesita comprender: ser hombre no significa ser menos femenino, sino ser menos niño.
La verdadera masculinidad bíblica tiene mucho más que ver con la responsabilidad que con la apariencia, la fuerza física o cualquier estereotipo cultural de virilidad. Convertirse en hombre es asumir el papel que Dios le ha confiado al hombre dentro de la familia, la sociedad y el Reino de Dios.
A partir de esta verdad, el pastor presentó tres responsabilidades que todo hombre posee: un trabajo que hacer, una mujer a quien amar y una voluntad a la cual obedecer.
Cuando Dios colocó a Adán en el Jardín del Edén, recibió precisamente esas tres responsabilidades. Había un trabajo que realizar, pues Dios le confió el cuidado del jardín. Había una mujer a quien amar y proteger, Eva, su esposa. Y había una voluntad a la cual obedecer: el único mandamiento que Dios había dado hasta ese momento, que consistía en no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.
Sin embargo, Adán falló en las tres áreas. Cuando la serpiente apareció para engañar a Eva, él debió ejercer su responsabilidad, protegiendo a su esposa y rechazando la presencia del enemigo. En lugar de eso, fue pasivo. Eva pecó, y poco después Adán también pecó.
La omisión de Adán sigue siendo un retrato de muchos hombres de nuestros días. Muchos viven enfocados únicamente en sus propios deseos, placeres e intereses personales, descuidando las responsabilidades que Dios les ha confiado como esposos, padres, hijos, hermanos y sacerdotes de sus hogares.
Pero si el primer Adán falló, Dios nos dio un modelo perfecto en el último Adán, Jesucristo.
Cristo es el ejemplo perfecto de la verdadera hombría. Él asumió plenamente la misión que el Padre le había confiado. Amó a Su novia, la Iglesia, y entregó Su propia vida por ella. Por eso Pablo escribe: “Para los esposos, eso significa: amen a sus esposas, tal como Cristo amó a la iglesia. Él entregó su vida por ella” (Efesios 5:25, NTV).
Jesús también nos enseñó lo que significa someter la propia voluntad al Padre. En Getsemaní, ante el sufrimiento que se aproximaba, oró: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de sufrimiento. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía” (Mateo 26:39, NTV).
La verdadera hombría no consiste en parecer fuerte, sino en ser responsable. No se trata de ser menos femenino, sino de abandonar la inmadurez. Se trata de asumir el papel que Dios ha confiado a cada hombre, viviendo como esposo, padre, hijo, hermano y sacerdote del hogar.
Vivimos en una generación que con frecuencia asocia la masculinidad con el poder, la independencia o el dominio. Sin embargo, el mayor ejemplo de hombre que ha existido fue Aquel que sirvió, amó, se sacrificó y obedeció al Padre en todo.
La madurez de un hombre no se mide por cuánto exige de los demás, sino por cuánto está dispuesto a asumir sus responsabilidades delante de Dios.
Oración: Señor mi Dios, ayúdame a abandonar toda inmadurez y a crecer en aquello que Tú esperas de mí. Enséñame a asumir mis responsabilidades como hombre, esposo, padre, hijo y siervo Tuyo. Que tenga disposición para trabajar, capacidad para amar y humildad para obedecer Tu voluntad. Líbrame de la omisión y ayúdame a seguir el ejemplo perfecto de Cristo, quien amó, sirvió y se entregó en obediencia al Padre. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño; pero cuando crecí, dejé atrás las cosas de niño.” (1 Corintios 13:11, NTV)
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