No codiciarás

En Éxodo 20 encontramos los Diez Mandamientos. En el versículo 17 aparece el último de ellos: “No codicies la casa de tu prójimo. No codicies la esposa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su burro, ni ninguna otra cosa que le pertenezca.” (Éxodo 20:17, NTV).
Es interesante observar que este mandamiento es diferente de los demás. No matar, no cometer adulterio, no robar y no dar falso testimonio son pecados visibles, cometidos con las manos, con la boca o mediante acciones. La codicia, en cambio, ocurre primero en un lugar que nadie puede ver: el corazón. Precisamente por eso es tan peligrosa.
La codicia es la raíz de una multitud de pecados. Es el deseo desordenado de poseer aquello que Dios no nos ha dado.
Antes del adulterio, existe la codicia: el deseo de poseer a alguien que no es el cónyuge. Antes del robo, existe la codicia: el deseo de apropiarse de lo que pertenece al prójimo. Antes de muchos asesinatos, existe la codicia, cuando alguien cree que obtendrá un beneficio con la muerte de otra persona. Antes de la mentira, existe la codicia: el deseo de conseguir ventajas que la verdad no permitiría.
Las Escrituras revelan este patrón una y otra vez. Antes de cometer adulterio con Betsabé, David primero la codició al verla desde la azotea del palacio. Antes de matar a Abel, Caín codició el favor y la aprobación que Dios había concedido a su hermano. Antes de perseguir a David, Saúl comenzó a codiciar el honor, la admiración y el reconocimiento que el joven pastor recibía del pueblo. Antes de comer del fruto prohibido, Eva contempló el árbol, deseó aquello que Dios había prohibido y permitió que la codicia ocupara su corazón.
El pecado rara vez comienza en el momento de la acción. Normalmente comienza mucho antes, cuando el corazón empieza a alimentar deseos que no son dirigidos por Dios.
Por eso Jesús llevó este asunto aún más lejos. En el Sermón del Monte enseñó que el adulterio no comienza solamente con el acto, sino con la mirada llena de deseo pecaminoso. “Pero yo digo que el que mira con pasión sexual a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en el corazón.” (Mateo 5:28, NTV). Cristo mostró que Dios no solo quiere controlar nuestras acciones, sino transformar nuestro corazón.
La batalla contra el pecado se gana antes de llegar a las manos. Se gana en el corazón. Es allí donde decidimos qué vamos a alimentar.
Cuando alimentamos diariamente la Palabra de Dios, fortalecemos nuestro ser interior. Cuando oramos, aprendemos a depender del Señor. Cuando ayunamos, le enseñamos a nuestra naturaleza pecaminosa que no gobierna nuestra vida. Estas disciplinas espirituales no eliminan las tentaciones, pero fortalecen nuestro corazón para resistirlas.
Cuanto más espacio ocupa Cristo en nuestro corazón, menos espacio queda para la codicia.
Tal vez por eso el último mandamiento trata precisamente de aquello que nadie puede ver. Porque Dios sabe que, si el corazón es guardado, muchos pecados jamás llegarán a convertirse en acciones.
El sabio escribió: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida.” (Proverbios 4:23, NTV).
Quien aprende a vencer la codicia en el corazón difícilmente será vencido por ella en sus acciones.
Oración: Señor, guarda mi corazón. Líbrame de la codicia y de los deseos que me apartan de Tu voluntad. Enséñame a encontrar satisfacción en Ti y no en aquello que pertenece a los demás. Que Tu Palabra, la oración y el ayuno fortalezcan mi ser interior, para que pueda vencer el pecado antes de que encuentre lugar en mis acciones. Forma en mí un corazón puro, agradecido y completamente rendido a Cristo. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida.” (Proverbios 4:23, NTV)
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