Buscándose a sí mismo

Ocurrió en la Playa da Fonte, en Guarapari, estado de Espírito Santo, Brasil, en 2022. Moisés, un salvavidas que estaba de descanso, se lanzó al mar desde unas rocas. Un testigo notó que tardaba en volver a la superficie y creyó que se había ahogado, por lo que avisó al Cuerpo de Bomberos. En realidad, Moisés había nadado por debajo del agua y salió en otro punto de la playa sin que nadie lo notara. Horas después, al enterarse de que un equipo de rescate buscaba a una persona supuestamente desaparecida, se unió a la búsqueda sin imaginar que el hombre que estaban buscando era él mismo. Durante cuatro días participó en las operaciones junto a otros bomberos, hasta que uno de sus compañeros se dio cuenta de que Moisés tenía exactamente las características de la persona desaparecida. Después de confirmar el malentendido, la búsqueda fue suspendida. El episodio se hizo conocido como uno de los casos más curiosos en la historia de los bomberos brasileños.

Esta historia es curiosa porque describe a un hombre que pasó varios días buscándose… a sí mismo. Sin saberlo, Moisés dedicó tiempo y esfuerzo a encontrar a alguien que ya había sido encontrado. La persona que buscaban había estado participando en la búsqueda todo el tiempo.

Por más insólita que parezca esta historia, revela una realidad espiritual muy común.

Desde que el pecado entró en el mundo, el ser humano vive buscándose a sí mismo. Busca su identidad en la profesión, en el dinero, en las relaciones, en la apariencia, en los estudios, en la fama o en el reconocimiento de las personas. Muchos pasan toda la vida tratando de responder la pregunta: “¿Quién soy realmente?”

Esa búsqueda comenzó en el Edén. Cuando Adán y Eva rompieron su comunión con Dios, perdieron mucho más que el jardín. Perdieron la referencia perfecta de quiénes eran. El pecado no solo separó al ser humano de Dios; también distorsionó su identidad.

Por eso la humanidad continúa buscando aquello que solo el Creador puede restaurar.

La buena noticia es que Dios no nos dejó en esa condición. En Cristo, nuestra identidad es restaurada. No somos definidos por nuestro pasado, por nuestros fracasos ni por las etiquetas que el mundo pone sobre nosotros. Somos definidos por lo que Dios dice acerca de nosotros.

El apóstol Pablo escribió: “Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!” (2 Corintios 5:17, NTV). Observa que Pablo no dice solamente que recibimos un nuevo comportamiento. Afirma que nos hemos convertido en una nueva creación. En Cristo, Dios restaura aquello que el pecado había deformado.

Juan también declara: “Pero, a todos los que creyeron en él y lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios.” (Juan 1:12, NTV). Nuestra identidad más profunda no está en lo que hacemos, sino en Aquel a quien pertenecemos.

Cuando descubrimos que somos hijos de Dios, muchas otras respuestas encuentran su lugar. Ya no necesitamos buscar nuestro valor en la aprobación de los demás. No necesitamos construir nuestra identidad sobre logros pasajeros. No necesitamos vivir tratando de demostrar quiénes somos.

Quien sabe quién es delante de Dios camina con seguridad, porque ya encontró aquello que el mundo entero está buscando.

Tal vez has pasado años buscándote a ti mismo. Sin embargo, la respuesta nunca estuvo dentro de ti. Siempre estuvo en Cristo.

Oración: Señor, gracias porque en Cristo restauraste mi verdadera identidad. Líbrame de buscar mi valor en las cosas pasajeras de este mundo y enséñame a vivir como Tu hijo. Que mi seguridad esté en quien Tú dices que soy, y no en la opinión de las personas ni en las circunstancias de la vida. Ayúdame a permanecer en Cristo cada día, porque es en Él donde encuentro sentido, propósito y mi verdadera identidad. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida antigua ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!” (2 Corintios 5:17, NTV)

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