El pecado que financia el pecado

Soy brasileño y vivo en Colombia. Y, si hay algo que he aprendido sobre Brasil y Colombia, es que ambos países tienen zonas enteras dominadas por organizaciones criminales. Mientras que en Brasil existen favelas y regiones controladas por bandas criminales, Colombia tiene territorios bajo la influencia de la guerrilla y el narcotráfico. En ambos casos, hay algo en común: las drogas.

El narcotráfico es un negocio extremadamente lucrativo que ha traído destrucción a familias, ciudades, estados e incluso países enteros. Pero, cada vez que hablamos de la violencia y los daños causados por el narcotráfico, es imposible ignorar una verdad incómoda: ese mercado multimillonario solo existe porque hay quienes compran. La mayoría de los consumidores vive lejos de las zonas dominadas por el crimen, sin ver de cerca las muertes, el miedo, la corrupción y la destrucción que su consumo ayuda a financiar.

Esta realidad nos confronta con un importante principio espiritual: no siempre participamos directamente en el mal, pero podemos sostenerlo por medio de nuestras decisiones.

Muchos consumidores jamás han apretado un gatillo. Nunca han secuestrado a nadie. Nunca han participado en un asesinato. Nunca han amenazado a una familia. Pero el dinero que entregan al narcotráfico ayuda a financiar a quienes hacen todas esas cosas.

Es una verdad dura, pero necesaria. Vivimos en una cultura que frecuentemente separa el consumo de sus consecuencias. Las personas quieren disfrutar de los beneficios sin pensar en los efectos. Pero delante de Dios, nuestras responsabilidades no terminan en nuestras acciones directas. También alcanzan aquello que decidimos apoyar, financiar o incentivar.

La Biblia nos advierte: “No participen en las obras inútiles de la maldad y la oscuridad; al contrario, sáquenlas a la luz.” (Efesios 5:11, NTV). Observa que Pablo no habla solamente de practicar las obras de las tinieblas. También habla de no ser cómplices de ellas.

Esta palabra nos lleva a reflexionar más allá del tema de las drogas. Se aplica a todas las áreas de la vida. ¿Qué estamos apoyando con nuestro dinero? ¿Qué estamos fortaleciendo con nuestras decisiones? ¿Qué estamos alimentando con nuestro tiempo, nuestra atención y nuestros recursos?

Muchas veces pensamos que la responsabilidad pertenece únicamente a quien ejecuta el mal. Pero la realidad es más compleja. No toda culpa proviene de quien ejecuta; algunas provienen de quien financia.

La Palabra de Dios también dice: “¡Qué aflicción les espera a los que llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno!” (Isaías 5:20, NTV). Una de las formas más peligrosas del engaño espiritual es cuando comenzamos a minimizar nuestra participación indirecta en cosas que sabemos que están mal.

El cristiano está llamado a vivir de manera consciente. No solo preguntándose: “¿Qué puedo hacer?”, sino también: “¿Qué están produciendo mis decisiones?” Cada decisión trae consecuencias. Cada apoyo fortalece alguna causa. Cada inversión ayuda a que algo crezca.

Por eso, seguir a Cristo exige más que evitar el pecado visible. Exige discernimiento para no alimentar, sostener o financiar aquello que produce destrucción.

Dios nos llama a ser luz en un mundo de tinieblas, no patrocinadores de las tinieblas.

Oración: Señor, dame discernimiento para comprender las consecuencias de mis decisiones. Ayúdame a vivir de manera responsable delante de Ti, no solo evitando el mal, sino también rechazando cualquier participación que lo fortalezca. Que mi vida, mi dinero, mi tiempo y mis decisiones sean usados para promover aquello que honra Tu nombre. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “No participen en las obras inútiles de la maldad y la oscuridad; al contrario, sáquenlas a la luz.” (Efesios 5:11, NTV)

Loading

Compartilhe:

Adicionar um Comentário

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *