¿De quién es, al final?

Se cuenta que cierto hombre decidió ayudar a un mendigo y comenzó a darle $1.000 al mes. Durante varios meses consecutivos, este hombre le entregaba regularmente esa cantidad.
Pero cierto mes le dio $750.
El mendigo notó la reducción, pero pensó que quizá el hombre estaba pasando por un momento difícil.
Al mes siguiente, el hombre volvió y le entregó solo $500.
Entonces el mendigo decidió preguntar:
— Señor, he notado que el dinero que usted me daba está disminuyendo. ¿Puedo saber por qué?
El hombre respondió con amabilidad:
— Mi hija acaba de entrar a la universidad. Tuve que reducir la cantidad para poder pagar sus estudios.
El mendigo entonces preguntó:
— ¿Y cuántos hijos tiene usted?
Tengo cuatro — respondió el hombre con una sonrisa.
Entonces el mendigo replicó:
— ¿Y acaso piensa pagar la universidad de todos ellos con MI dinero?

Esta historia revela algo curioso sobre el corazón humano. Aquello que recibimos como regalo, con el tiempo comenzamos a tratarlo como un derecho. El mendigo había olvidado un detalle fundamental: ese dinero nunca fue suyo.

Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con Dios. Todo lo que tenemos —vida, salud, trabajo, recursos, inteligencia, oportunidades— viene del Señor. Pero con el paso del tiempo empezamos a actuar como si todo fuera resultado exclusivo de nuestro esfuerzo.

La Biblia nos recuerda: “La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella; el mundo y todos sus habitantes le pertenecen.” (Salmos 24:1, NTV).

Nada es verdaderamente nuestro. Somos solo administradores de lo que Dios pone en nuestras manos.

En otro momento, la Escritura pregunta de forma directa: “¿Qué tienes que Dios no te haya dado? Y si todo lo que tienes es de Dios, ¿por qué jactarte como si no fuera un regalo?” (1 Corintios 4:7, NTV).

Esta pregunta derriba cualquier orgullo humano. Si todo lo hemos recibido, la respuesta correcta no es arrogancia, sino gratitud.

Cuando olvidamos esto, comenzamos a actuar como aquel mendigo de la historia: quejándonos, exigiendo e incluso cuestionando a Dios, como si Él estuviera usando “nuestro dinero”.

La vida cambia cuando entendemos una verdad sencilla: todo pertenece a Dios, y todo lo que tenemos es gracia.

Oración: Señor, perdóname cuando actúo como si aquello que recibí fuera mío por derecho. Enséñame a reconocer que todo viene de Ti. Dame un corazón agradecido y humilde para administrar bien todo lo que has puesto en mis manos. Amén.

Versículo del día: “La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella; el mundo y todos sus habitantes le pertenecen.” (Salmos 24:1, NTV).

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