El verdadero significado de tomar la cruz

¿Quién no ha escuchado alguna vez —o incluso dicho— la frase: “Esta es mi cruz”, refiriéndose a dificultades en el matrimonio, en el trabajo o en las finanzas? Muchos aceptan esa idea de la cruz como símbolo de los problemas de la vida. Pero al leer con atención las palabras de Jesús, percibo que Él hablaba de algo mucho más profundo que simplemente soportar los desafíos cotidianos.

Cuando Cristo declaró: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34, NTV), la cruz no era un símbolo religioso delicado; era un instrumento de muerte. Quien cargaba una cruz estaba públicamente identificado como alguien condenado. Era imposible que pasara desapercibido.

Tomar la cruz, por lo tanto, no es simplemente sufrir en la vida, porque en la vida todos sufrimos: cristianos y no cristianos, salvos y no salvos, ricos y pobres, jóvenes y ancianos. Todos enfrentamos pérdidas, frustraciones y dolor. Eso forma parte de la condición humana. La cruz que Jesús menciona es diferente: se trata de sufrir por causa de Él, morir al propio ego, renunciar al control y aceptar el costo del discipulado.

Existe una gran diferencia entre soportar problemas y elegir la fidelidad a Cristo aun cuando eso traiga oposición, rechazo o pérdida. Lo primero es inevitable; lo segundo es voluntario. La cruz es una decisión.

Por otro lado, nadie pasa desapercibido cuando carga una cruz. Así como en el primer siglo alguien que llevaba una cruz llamaba la atención de inmediato, la vida de quien realmente sigue a Cristo también revela señales visibles: decisiones contrarias a la cultura, humildad donde hay orgullo, perdón donde hay ofensa, verdad donde hay conveniencia. La cruz se manifiesta en el testimonio. No es algo escondido en el discurso; se percibe en la práctica. Cuando decido tomar la cruz, es imposible que los demás no lo noten.

Tomar la cruz es aceptar morir a uno mismo para que Cristo viva en nosotros. Es permitir que nuestra identidad sea moldeada por Él, aunque eso cueste comodidad, reputación o reconocimiento. No se trata de dramatismo espiritual, sino de una rendición diaria.

Cuando entendemos esto, dejamos de llamar “mi cruz” a cualquier dificultad y comenzamos a preguntarnos: ¿estoy viviendo de tal manera que mi identificación con Cristo sea evidente? ¿Estamos simplemente sobreviviendo a los dolores de la vida o estamos caminando detrás de Jesús con una fe que asume el costo?

Oración: Señor, enséñame a no confundir las dificultades comunes con la cruz de Cristo. Dame valentía para morir a mí mismo y vivir plenamente identificado con Cristo, cueste lo que cueste.

Versículo del día: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34, NTV).

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