Motivado por el miedo

Ocurrió en Brasil, cuando un albañil llamado Alexander, de 25 años, regresaba a su casa en motocicleta después del trabajo. Al reducir la velocidad para entrar a su garaje, fue confundido por Alan Thiago Guedes Cardoso con un cobrador de prestamistas “gota a gota”. Dominado por el miedo a ser asesinado por supuestos acreedores, Alan interpretó la desaceleración de la motocicleta como una amenaza inminente y atacó a Alexander con una puñalada en el cuello, sin previo aviso. La agresión solo fue interrumpida por la intervención de otro motociclista que pasaba por el lugar. Alexander quedó gravemente herido y tuvo que ser hospitalizado, mientras que Alan fue arrestado horas después y responderá por intento de homicidio, en un crimen marcado por un trágico error, miedo y precipitación.
Esta historia es un retrato doloroso del poder destructivo del miedo. El miedo no solo paraliza; muchas veces distorsiona la realidad, crea enemigos que no existen y nos conduce a decisiones irreversibles. Un hombre inocente casi pierde la vida porque otro actuó no movido por la verdad, sino por una amenaza que solo existía en su mente. Cuando el miedo gobierna el corazón, nos empuja a reacciones extremas, precipitadas y sin discernimiento.
Al mirar la Palabra de Dios, comprendo que el Señor nunca trató el miedo como algo inofensivo. Por el contrario, lo confronta directamente. La Escritura afirma: «Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:7, NVI). Cuando el miedo toma el control, perdemos el equilibrio, el amor y hasta la capacidad de actuar con sabiduría.
¿Cuántas veces también interpretamos las situaciones de forma equivocada? ¿Cuántas veces reaccionamos antes de escuchar, juzgamos antes de entender, atacamos antes de reflexionar? El miedo nos hace olvidar que Dios sigue siendo soberano, incluso cuando no comprendemos lo que sucede a nuestro alrededor. Por eso el Señor nos recuerda: «No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios» (Isaías 41:10, NVI).
A medida que caminamos con Dios, aprendemos que su presencia es el antídoto contra el miedo. El salmista declaró: «Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza» (Salmos 56:3, NVI). Confiar no elimina automáticamente las circunstancias difíciles, pero transforma la manera en que reaccionamos ante ellas. Donde el miedo domina, la violencia crece; donde Dios gobierna, nace la paz.
El evangelio nos conduce por un camino más excelente: «En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1 Juan 4:18, NVI). Cuando elegimos confiar en Dios, dejamos de ser guiados por el pánico y pasamos a ser conducidos por la fe.
Oración: Señor, reconozco que muchas veces el miedo intenta dominar mis pensamientos y mis reacciones. Líbrame del temor que distorsiona la realidad y me lleva a decisiones precipitadas. Llena mi corazón con tu paz, tu amor y tu dominio propio. Enséñame a confiar en ti en todo momento y a responder a la vida con fe, y no con miedo. Amén.
Versículo del día: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?» (Salmos 27:1, NVI)
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