El Dios de la Palabra es el Dios de la Creación

La Biblia no fue escrita como un manual científico, sino como revelación de Dios. Aun así, resulta impresionante notar que, en medio de poesía, narrativa y profecía, hace afirmaciones sobre el mundo natural que solo siglos después serían plenamente comprendidas. Esto no engrandece a la ciencia por encima de la fe; engrandece al Dios que está detrás de ambas.

En Job 26:7 leemos que Dios “extiende los cielos del norte sobre el vacío; suspende la tierra sobre la nada”. En una época en la que muchos creían que el mundo reposaba sobre columnas o criaturas míticas, la Escritura describe la Tierra sin ningún soporte visible. Isaías 40:22 afirma que Dios está sentado sobre el “círculo de la tierra”, una descripción notable que no concuerda con la idea de una tierra plana tan común en las cosmovisiones antiguas.

La Biblia también describe procesos naturales con una precisión sorprendente. Eclesiastés 1:7 declara que “los ríos desembocan en el mar, pero el mar no se desborda”, mientras que Job 36:27–28 habla del agua que se evapora y vuelve en forma de lluvia, un retrato poético del ciclo hidrológico. Eclesiastés 1:6 describe el movimiento constante del viento, algo que hoy entendemos como circulación atmosférica.

Los mares tampoco pasan desapercibidos. Salmos 8:8 menciona “las corrientes del mar”, mucho antes de que la oceanografía identificara las corrientes marinas. En el área de la salud, Levítico 17:11 afirma que “la vida de la carne está en la sangre”, y los capítulos 13 al 15 de Levítico establecen principios de aislamiento e higiene que anticipan prácticas médicas modernas.

Estos textos no convierten a la Biblia en un libro de ciencia, pero revelan algo aún más profundo: el Dios que inspiró la Palabra es el mismo que creó el universo. No hay contradicción entre lo que Él reveló y lo que Él hizo. Cuando la ciencia descubre verdades sobre la creación, simplemente alcanza —con lenguaje humano— lo que Dios ya conocía desde el principio.

Este devocional nos invita a la humildad. La Palabra de Dios es digna de confianza no solo en lo que enseña sobre la salvación, sino también porque procede del Autor de la vida. Al leer las Escrituras, no estamos escuchando ideas antiguas, sino la voz del Creador.

Oración:
Señor, te alabo porque eres el Dios de la Palabra y de la creación. Ayúdame a confiar plenamente en lo que has revelado y a reconocer tu sabiduría en todo lo que existe. Que mi fe sea fortalecida al recordar que nada escapa a tu control. Amén.

Versículo del día: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento despliega la destreza de sus manos.» (Salmos 19:1, NTV)

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