La vida no termina en la tumba

En Recife, Brasil, ocurrió algo inusual. Un hombre que había muerto y sido sepultado fue encontrado sentado sobre la tumba donde había sido enterrado. El hombre, identificado como Vladimir Vital, tenía 63 años cuando falleció. El caso aún está siendo investigado.

Al leer sobre esta sorprendente historia, recordé que muchos tienen dificultad en aceptar la realidad de la muerte. Existe una tendencia a negarla, a imaginar una continuidad que mantenga a la persona viva de alguna manera. Aún no se sabe si el cuerpo fue desenterrado por familiares o amigos, en un acto de desesperación por la pérdida del ser querido, pero no me sorprendería que esa fuera la explicación de lo ocurrido.

La Biblia, sin embargo, nos recuerda una verdad inescapable: “Cuando Adán pecó, el pecado entró en el mundo. El pecado de Adán introdujo la muerte, de modo que la muerte se extendió a todos, porque todos pecaron” (Romanos 5:12, NTV). Evitar hablar de la muerte no cambia la realidad: todos, un día, tendrán que enfrentarla.

Pero la buena noticia es que la muerte no tiene la última palabra. “Pues la paga que deja el pecado es la muerte, pero el regalo que Dios da es la vida eterna por medio de Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 6:23, NTV). La negación de la muerte solo puede ser vencida por la fe en la vida eterna que hay en Cristo.

Es en Jesús donde la verdadera continuidad sucede. Él dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto” (Juan 11:25, NTV). No se trata de un deseo humano, de una evasión psicológica o de una ilusión, sino de una promesa eterna del mismo Dios.

Podemos elegir vivir intentando ignorar la muerte, o podemos enfrentar la realidad y creer en aquel que la venció. En Cristo, hasta la tumba pierde su poder y la esperanza brilla más fuerte que la oscuridad.

Esta es la verdad que necesitamos sostener: la vida no termina en la tumba; continúa plenamente en Cristo Jesús.

Oración: Señor, gracias porque en ti la muerte no tiene la última palabra. Ayúdame a vivir cada día preparado para la eternidad y a confiar en la vida que solo Jesús puede dar. Que nunca busque ilusiones, sino que me afirme en la esperanza de la resurrección. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo clave: “Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Oh muerte, dónde está tu aguijón?” (1 Corintios 15:55, NTV).

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