No se lo impidan

En Mateo, capítulo 19, Jesús enseñaba a una multitud y no es difícil imaginar que, para los discípulos, fuera complicado controlar a tantas personas que querían tener acceso al Maestro. Entonces, en los versículos 13 y 14, encontramos este precioso pasaje de la Palabra que sigue enseñándonos hasta el día de hoy:
“Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiera las manos sobre ellos y orara; y los discípulos reprendían a quienes los llevaban. Pero Jesús dijo: “Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos”. (Mateo 19:13-14 | NVI)
Los niños eran vistos por los discípulos como una posible interrupción, pero Jesús los recibió como un ejemplo. También podemos pensar que, para los discípulos, los niños quizá no eran lo suficientemente importantes como para acercarse a Él, pero Jesús demostró que nadie es demasiado pequeño para ser recibido por Él.
Y cuando Jesús dice que el Reino de los Cielos pertenece a quienes son como los niños, no está hablando de infantilismo, sino de características como la humildad, la confianza, la sinceridad y la dependencia. Un niño sabe que necesita cuidado; no intenta sostener por sí solo la ilusión de que puede controlarlo todo. Y el Señor se agrada de quienes reconocen su total dependencia de Él.
Pero hay un detalle importante en este relato que quiero destacar en la reflexión de hoy. Podemos observar, en el versículo 13, que los padres llevaron a sus hijos a Jesús para que Él pusiera sus manos sobre ellos y orara por ellos. Esto nos recuerda la responsabilidad de conducir a nuestros hijos a la presencia de Cristo. No podemos elegir por ellos el camino que recorrerán, pero podemos presentarlos continuamente ante el Señor, enseñarles, orar por ellos y crear un ambiente en el que puedan conocer el amor de Dios.
Y entonces surge una pregunta que todos necesitamos hacernos: ¿será que nosotros también estamos poniendo obstáculos entre las personas y Jesús? ¿Será que, muchas veces, estamos impidiendo que los niños —e incluso los adultos— se acerquen a Jesús? ¿Y cómo lo hacemos? Mediante reglas, prejuicios, exigencias, religiosidad o actitudes que no hacen más que alejar a aquellos que Jesús desea recibir.
Siento un profundo temor cada vez que establecemos una norma o una regla en la iglesia. Porque cada vez que queremos imponer algo que la Biblia no enseña, corremos el riesgo de impedir que alguien conozca a Cristo. Reglas sobre la manera de vestir o de alimentarse, cargas pesadas que ponemos sobre las personas o exigencias que son más humanas que espirituales no hacen más que dificultar que un incrédulo se acerque a Jesús y llegue a conocerlo mejor.
Que no seamos nosotros quienes impidamos que el perdido conozca a Jesús. Que nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras iglesias sean caminos que conduzcan a las personas hasta Cristo, y no barreras que las mantengan alejadas de Él. Si Jesús dijo: “No se lo impidan“, necesitamos examinarnos constantemente para saber si, por medio de nuestras tradiciones, prejuicios o exigencias personales, no estamos haciendo exactamente lo contrario.
Oración: Señor, ayúdame a nunca poner obstáculos entre las personas y Tú. Que mis palabras y mis actitudes conduzcan a otros hacia Tu presencia y no los alejen de Cristo. Amén.
Versículo del día: «Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos». (Mateo 19:14 | NVI)
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