Las migajas de la mesa del Maestro

En Mateo 15:21-28 encontramos a una mujer cananea que clamaba a Jesús por misericordia, porque su hija estaba terriblemente endemoniada. Primero, Jesús simplemente la ignoró: “Pero Jesús no le contestó nada” (Mateo 15:23). Después, cuando ella continuó insistiendo, Jesús pareció desconsiderar su origen, diciendo: “No fui enviado a ayudar a los gentiles, sino a las ovejas perdidas de Israel” (Mateo 15:24). Finalmente, ante su petición —“¡Señor, ayúdame!”— Jesús le dio una respuesta todavía más dura: “No está bien tomar el pan de los hijos y arrojárselo a los perros” (Mateo 15:26). Pero aquella mujer no se ofendió ni desistió; con extraordinaria humildad, respondió: “Es verdad, Señor, pero hasta los perros tienen permitido comer las sobras que caen debajo de la mesa de sus amos” (Mateo 15:27). Entonces Jesús reconoció su fe: “Mujer, ¡tu fe es grande! Se te concede lo que pides” (Mateo 15:28). Y en aquel momento, su hija quedó sana.
Este relato, en un primer momento, nos sorprende porque contrasta mucho con lo que acostumbramos ver en Jesús. Si lo comparamos con otro relato bíblico, vemos que, con el centurión romano, cuyo relato encontramos en Mateo 8:5-13, Jesús incluso estuvo dispuesto a ir hasta su casa para sanar a su siervo. Y, como sabemos, Jesús no hace acepción de personas.
Entonces, ¿cómo podemos entender el trato de Jesús hacia aquella mujer? Si ambos eran gentiles, ¿no deberían haber recibido el mismo trato?
Si analizamos detenidamente el texto, veremos que aquella mujer conocía a Jesús. Ella se acerca al Maestro y dice: “¡Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David!” (Mateo 15:22). El hecho de que ella lo llamara “Hijo de David” revela que, aunque no era judía, sabía que Él era el Mesías prometido, heredero de David. Pero lo que quizá ella no sabía acerca de Jesús era que Él también la conocía.
Jesús conocía a aquella mujer. Incluso antes de que ella se acercara a Él, ya sabía quién era, conocía sus luchas, sus tristezas y, principalmente, conocía su corazón. Sabía que estaba frente a una mujer de fe que, con humildad, buscaría aquello que necesitaba. Y Jesús quería que su historia quedara registrada para toda la eternidad. Por eso, Jesús actuó de aquella manera y dijo aquellas cosas: el Maestro sabía hasta dónde ella podía soportar.
Por eso, hoy, dos mil años después de aquellos acontecimientos, la historia de aquella mujer, cuyo nombre ni siquiera conocemos, todavía se sigue contando. La aparente dureza de Jesús hacia ella nos enseñó lo que un corazón humilde puede alcanzar delante de Dios.
Este relato derriba todas las falsas enseñanzas de que debemos “exigir” delante de Dios aquello que necesitamos y revela la verdadera manera de presentar nuestras necesidades delante de Él: con humildad. Mientras muchos creen que pueden “exigir riquezas” de Dios, aquí aprendo que debo aceptar con humildad las migajas que caen de la mesa de mi Maestro.
Porque incluso las migajas de Jesús satisfacen más que las riquezas de este mundo.
Oración: Señor, enséñame a acercarme a Ti con humildad, reconociendo que no merezco nada, pero que Tu gracia es suficiente para mí. Dame una fe perseverante, capaz de seguir clamando aun cuando no comprenda Tu silencio o la manera en que estás actuando. Que nunca ponga mis exigencias por encima de Tu voluntad, sino que aprenda a confiar en Tu bondad y a descansar en Tu gracia. Amén.
Versículo del día: “Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes.” — 1 Pedro 5:5 | NTV
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