No esperes que sea tarde

Devocional escrito por mi hermano en la fe, Wilson Ramiro Facio Lince

Bernardo Reinke, fundador de “Hora de Orar”, a quien admiro y por quien agradezco a Dios por haberme bendecido con su primer libro, que llegó a mis manos en 2019 como regalo de Navidad, cierto día también me regaló, durante una actividad de la Iglesia, un separador de lectura con el versículo Romanos 8:28 (NTV): “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos”. Este detalle me recordó mi compromiso con mi primer pastor y amigo de la Iglesia Cristiana Carismática Cuadrangular ICCC Cádiz Ibagué, Omar Dávila, de escribir algunas memorias del favor de Dios en mi vida, a pesar de no merecerlo…

En 2023, por circunstancias que en aquel momento no podía entender, fui internado en una clínica cardiovascular después de un episodio que, al final del proceso, después de 24 horas en UCI intermedia y ocho días de observación, resultó ser solo “ansiedad”. Si, como yo, alguna vez has enfrentado una prueba en la que tu salud se vio afectada de tal forma que nunca lo habías podido imaginar, o has pasado por circunstancias adversas extremas, debes prestar atención a esto.

En ocasiones, las pruebas pueden ser más frecuentes de lo que podemos esperar, pero, además, pueden ser sucesivas e involucrar más de un tema al mismo tiempo (salud, economía, etc., etc., etc.), y esto ya las convierte en lo que podría llamarse un punto de quiebre extremo. Sin embargo, en Romanos 8:28 encontramos una promesa del Señor: a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien. Esto no significa que todo lo que nos sucede sea bueno. Hay momentos difíciles, pérdidas, injusticias, enfermedades y dificultades. El dolor y las pruebas son reales; sin embargo, aunque no entendamos lo que está pasando, Dios puede obrar aun en medio de esas situaciones para llevar adelante su propósito.

El Salmo 30:2-5 afirma: “Jehová Dios mío, a ti clamé, y me sanaste”, lo que indica que podemos clamar a Dios en medio de la enfermedad y de otras dificultades, pues Dios puede transformar nuestra tristeza en alegría y darnos nuevas fuerzas para seguir adelante. Pero, de la misma manera, siempre hay motivos para agradecer, aun después de las pruebas. Dios nos invita a vivir con un corazón generoso, a hacer lo correcto y a confiar en Él, incluso cuando las circunstancias sean difíciles: “Dichosa es la persona que honra al Señor y se alegra en obedecer sus mandamientos” (Salmo 112, NTV). La verdadera fortaleza no consiste en no tener problemas, sino en permanecer firmes en la fe.

En Romanos 8:28, el texto inicia afirmando una condición: “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien”. Entonces, vale la pena saber qué significa “amar a Dios” para cumplir esta condición y quizás ser merecedores de esa promesa. Como en el Salmo 112, la respuesta es clara y categórica: “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos” (Juan 14:15); “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama” (Juan 14:21). Por otra parte, Romanos 8:28 no promete una vida sin problemas; nos recuerda que quienes aman a Dios pueden vivir con la seguridad de que ninguna circunstancia está fuera de su capacidad de obrar.

El Salmo 118, en la versión Reina-Valera 1960, dice que “Jehová está conmigo, no temeré” y que “Desde la angustia invoqué a Jehová, y me respondió Jehová, poniéndome en lugar espacioso”. Esto quiere decir que no debemos medir el amor de Dios por nuestras circunstancias. Su fidelidad no cambia, incluso cuando atravesamos momentos difíciles.

Volviendo a mi prueba de 2023, debo ser franco y compartir algunas preguntas que Dios me guio a formularme en medio de mi circunstancia: ¿Para qué quieres que te sane Dios? ¿Se te olvidó que ya lo hizo una vez? ¿Qué hiciste después de que te sanó? ¿Volviste a persistir en tu pecado? ¿Verdaderamente escuchaste la voz de Dios en lo que te habló durante pruebas anteriores?

En conclusión, aprendí que podemos pasar por pruebas debido a nuestra desobediencia o, simplemente, porque Dios prueba nuestro compromiso y nuestra fe. En ese momento recordé las palabras de mi primer pastor: “Cuidado, si persistimos en hacer todo a nuestra manera, nos podemos ir en las pruebas”. A pesar de mi desobediencia, Dios cumplió en mí su palabra del Salmo 118:18: “El Señor me ha reprendido severamente, pero no me ha entregado a la muerte”.

Aún estoy en el proceso. No sé cuánto más me dejará vivir Dios, pero algo sí sé: no quiero estar más fuera de su voluntad. Me ha costado entender que nuestras decisiones en desobediencia a la Palabra tienen consecuencias y que, para contar con su misericordia, si nos hemos caído, debemos pedir perdón, arrepentirnos genuinamente, enderezar cuanto antes nuestros pasos y, en adelante, tomar en serio Deuteronomio 28, donde Dios presenta dos caminos: las bendiciones que vienen al obedecer su Palabra y las consecuencias de apartarse de sus mandamientos.

La obediencia no es el precio para comprar el amor de Dios; es la respuesta de un corazón que verdaderamente ama a Dios.

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