La pureza vence la impureza

En Mateo 8:1–4, después de bajar del monte, Jesús encuentra a un hombre con lepra que se acerca, se arrodilla delante de Él y declara su fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Entonces Jesús extiende la mano y lo toca, diciendo: “Quiero, queda limpio”, e inmediatamente el hombre queda limpio. El gesto de Jesús era profundamente significativo, pues, según las leyes de pureza ritual de aquella época, el contacto con una persona considerada leprosa hacía que la persona quedara ritualmente impura (Levítico 13–14). Así, Jesús hace algo que normalmente debía evitarse: en lugar de mantener distancia de aquel hombre, lo toca, y el resultado no es que Jesús quede impuro, sino que el leproso queda limpio.

Este relato es particularmente interesante porque revela algo muy profundo acerca de Jesús. Quizás ni siquiera quienes presenciaron aquel acontecimiento se dieron cuenta de ello. Pero Jesús, al tocar al leproso y sanarlo, invirtió la lógica del proceso.

Lo que se esperaba era que lo impuro contaminara a lo puro. Pero con Jesús sucede lo contrario: la pureza de Jesús venció la impureza del hombre. Jesús toca al leproso —y no queda impuro. El leproso queda limpio.

Jesús acaba de ilustrar, mediante un simple gesto, que por medio de Él toda la humanidad, impura a causa del pecado, podría alcanzar pureza y santidad.

Por eso, cada vez que encontramos en la Palabra de Dios episodios en los que Jesús toca a leprosos o resucita a los muertos, no estamos viendo solamente actos de compasión. También hay una declaración acerca de quién es Jesús. Él entra en contacto con aquello que haría ritualmente impuro a cualquier otra persona y, en lugar de recibir la impureza, transmite vida, sanidad y restauración.

Jesús es vida, es restauración, es transformación. Por medio de Él podemos encontrar todo lo que necesitamos. Él es la fuente de la vida y de la vida en abundancia. Por eso, Él mismo dijo: “Mi propósito es darles una vida plena y abundante.” (Juan 10:10).

Cuando Jesús toca aquello que está impuro, la impureza no vence a la pureza; la pureza de Cristo transforma lo impuro.

Oración: Señor Jesús, toca aquello que necesita ser transformado en mi vida. Purifica mi corazón, restaura mi vida y haz de mí una persona cada vez más parecida a Ti. Amén.

Versículo del día: “La sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado.” — 1 Juan 1:7

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