¿Quiénes somos cuando nadie está mirando?

Se cuenta en el libro La República, de Platón, que un cierto pastor llamado Giges cuidaba los rebaños del rey de Lidia. Cierto día, después de un terremoto, encontró una abertura en el suelo y, al entrar en ella, descubrió un caballo de bronce que guardaba el cuerpo de un hombre que llevaba un anillo de oro. Giges tomó el anillo y, algún tiempo después, descubrió que, al girar la piedra del anillo hacia la palma de la mano, se volvía invisible. Al darse cuenta de que podía actuar sin ser visto ni descubierto, utilizó ese poder para entrar en el palacio, seducir a la reina, matar al rey y ocupar su lugar como gobernante de Lidia. Platón utiliza esta historia para plantear una pregunta inquietante: ¿qué haría una persona si tuviera la certeza de que nadie jamás podría verla ni responsabilizarla por sus actos?

La historia de Giges nos confronta con una pregunta que sigue siendo tan actual como en los días de Platón: ¿quiénes somos cuando nadie está mirando? Mientras creemos que nuestras acciones serán vistas, juzgadas o tendrán consecuencias, es relativamente fácil controlar nuestro comportamiento. Pero ¿qué sucedería si tuviéramos un “anillo de Giges” que nos hiciera invisibles? Si nadie pudiera descubrir nuestros pensamientos, nuestras decisiones, nuestras conversaciones o nuestros pecados, ¿seguiríamos haciendo lo correcto?

La Biblia nos muestra que Dios no ve solamente aquello que está delante de los ojos de los hombres. “El Señor no ve las cosas de la manera en que ustedes las ven. Las personas juzgan por las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Samuel 16:7). La verdadera integridad no consiste en hacer lo correcto porque alguien nos está observando, sino en hacer lo correcto porque sabemos que Dios siempre nos ve.

Podemos esconder algo de las personas, pero jamás podemos escondernos de Dios. Podemos preservar nuestra reputación delante de los hombres mientras, en secreto, alimentamos aquello que destruye nuestra comunión con Él.

En la Biblia encontramos la historia de José, en la casa de Potifar. Él tuvo la oportunidad de acostarse con la esposa de su amo. Sin embargo, ante la tentación y aun sabiendo que nadie sabría lo que sucedería, declaró: “¿Cómo podría yo hacer algo tan malo y pecar contra Dios?” (Génesis 39:9). José no necesitaba una cámara, testigos ni una amenaza de castigo. Su conciencia estaba delante de Dios.

La gran verdad es que el carácter cristiano se revela especialmente cuando no hay público, cuando no hay aplausos y cuando no hay consecuencias humanas aparentes. Tal vez no tengamos un anillo que nos haga invisibles, pero todos tenemos momentos en los que podemos elegir entre aquello que parece ventajoso y aquello que agrada a Dios. Y es precisamente en esos momentos cuando nuestra verdadera identidad se revela. Al fin y al cabo, vivir delante de los ojos de Dios es mucho más importante que vivir delante de los ojos de los hombres.

Oración: Señor, ayúdame a vivir con integridad, incluso cuando nadie esté mirando. Examina mi corazón, muéstrame aquello que necesita ser transformado y dame fuerzas para elegir siempre aquello que te agrada. Amén.

Versículo del día: “Los ojos del Señor están en todo lugar; observan tanto a los malos como a los buenos.” Proverbios 15:3

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