Un tesoro escondido en casa

Aconteció en California, Estados Unidos, en 2007. El jubilado Loren Janes, quien había perdido una pierna y vivía con aproximadamente 200 dólares mensuales en ayudas sociales, veía un programa de televisión sobre antigüedades cuando observó a unos especialistas valorar una rara manta navajo en aproximadamente 500 mil dólares. Entonces recordó que tenía una manta similar guardada en un armario de su casa desde hacía décadas. En una primera evaluación, le informaron que la pieza podía ser solo una copia. Inconforme, buscó una segunda opinión, y los especialistas concluyeron que se trataba de una auténtica manta navajo del siglo XIX, extremadamente rara. El objeto fue llevado a subasta y, tras apenas 77 segundos de pujas, fue vendido por alrededor de 1,5 millones de dólares, transformando completamente la vida de su propietario.

Al leer esta historia, no pude evitar pensar que existen muchas personas que poseen un tesoro valioso guardado en casa y ni siquiera lo saben. Y no estoy hablando de una manta navajo ni de cualquier otra antigüedad de gran valor. Estoy hablando de la Palabra de Dios, la Biblia, guardada en tantos armarios e ignorada en sus verdades.

Mientras Loren Janes vivió durante décadas sin conocer el valor que estaba escondido dentro de su propia casa, muchos cristianos conviven diariamente con el mayor tesoro que existe, pero rara vez lo abren, lo estudian o permiten que transforme sus vidas.

La Palabra de Dios vale mucho más que una manta de 1,5 millones de dólares. Después de todo, todo tesoro de esta vida es temporal. El dinero se acaba, los bienes se desgastan y las riquezas de este mundo son pasajeras. Jesús afirmó: “El cielo y la tierra desaparecerán, pero mis palabras no desaparecerán jamás” (Mateo 24:35, NTV). Todo el dinero algún día se termina, pero la Palabra de Dios permanecerá para siempre.

Mientras familias son destruidas por conflictos, divisiones y resentimientos, la Palabra de Dios permanece olvidada en un estante, cubierta de polvo. Mientras matrimonios se desgastan, hijos se alejan de sus padres y personas viven esclavizadas por vicios, ansiedad y falta de propósito, existe un tesoro al alcance de las manos, capaz de traer dirección, restauración y verdadera libertad.

El salmista declaró: “Tu palabra es una lámpara que guía mis pies y una luz para mi camino” (Salmos 119:105, NTV). La Biblia no es solamente un libro religioso. Es alimento para el alma, dirección para la vida y revelación del carácter de Dios. Es por medio de ella que conocemos a Cristo, somos confrontados, transformados y preparados para la eternidad.

Tal vez el mayor desperdicio no sea tener poco dinero. Tal vez sea poseer un tesoro eterno y nunca disfrutar de la riqueza que ofrece.

¿Cuántas respuestas que buscamos en tantos lugares ya están registradas en las páginas de las Escrituras? ¿Cuántas crisis podrían enfrentarse con más sabiduría si diéramos a la Palabra de Dios el lugar que merece en nuestra rutina?

El mayor tesoro de tu casa quizás no esté en el banco, ni en una caja fuerte, ni en una colección rara. Tal vez esté en una estantería, esperando ser abierto.

Oración: Señor, gracias por el tesoro de Tu Palabra. Perdóname por las veces en que busqué respuestas en tantos lugares y descuidé aquello que Tú ya pusiste en mis manos. Dame amor por las Escrituras, disciplina para estudiarlas y sensibilidad para practicar lo que aprendo. Que Tu Palabra sea luz para mis caminos y transforme mi vida cada día. En el nombre de Jesús, amén.

Versículo del día: “El cielo y la tierra desaparecerán, pero mis palabras no desaparecerán jamás”. (Mateo 24:35, NTV)

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