El tesoro escondido en un campo

Me convertí en un contador de historias porque entendí, junto con Jesús, que las historias enseñan más que los largos discursos. Y es increíble observar cómo Jesús ilustraba verdades profundas por medio de historias simples y reveladoras.
En Mateo 13:44 encontramos una parábola completa en un solo versículo, ilustrando una de las mayores verdades eternas. Jesús dijo: “El reino del cielo es como un tesoro escondido que un hombre descubrió en un campo. En medio de su entusiasmo, lo escondió otra vez y vendió todas sus posesiones a fin de juntar el dinero suficiente para comprar el campo” (Mateo 13:44, NTV).
Con esta historia tan breve y profunda, Jesús estaba enseñando que, cuando alguien encuentra algo de valor incomparable, está dispuesto a entregarlo todo para poseerlo. En otras palabras, quien realmente comprende el valor del Reino de los Cielos se da cuenta de que todo lo que esta vida puede ofrecer es demasiado pequeño cuando se compara con la eternidad.
Pedro experimentó algo semejante.
Conoció a Jesús en uno de los peores días de su vida profesional. Como pescador experimentado, había trabajado toda la noche sin atrapar un solo pez. Sería fácil imaginar a Jesús diciéndole: “Pedro, esta vida es difícil. Ven conmigo y te daré algo mejor”.
Pero Jesús no hizo eso.
Antes de llamar a Pedro a dejarlo todo, llenó sus redes de una manera que Pedro jamás había experimentado. La pesca fue tan extraordinaria que las barcas casi se hundieron. Fue solamente después de eso que Jesús lo llamó a seguirlo.
¿Por qué? Porque Jesús quería que Pedro entendiera algo fundamental: no estaba abandonando algo malo para seguir algo mejor. Estaba abandonando algo bueno para seguir algo infinitamente superior.
Muchas veces pensamos que seguir a Cristo significa renunciar solamente a las cosas malas. Pero hay momentos en que Dios nos invita a poner sobre el altar incluso cosas legítimas, sueños legítimos, logros legítimos y deseos legítimos.
El hombre de la parábola vendió todo porque encontró un tesoro. Pedro dejó las redes porque encontró algo más grande que los peces.
Pablo comprendió esta misma verdad cuando escribió: “Así es, todo lo demás no vale nada cuando se le compara con el infinito valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8, NTV).
El cristianismo no se trata de perder. Se trata de encontrar. Quien encuentra verdaderamente a Cristo no vive una vida de renuncia triste. Vive una vida de intercambio. Cambia lo temporal por lo eterno. Cambia lo limitado por lo infinito. Cambia lo que pasa por aquello que permanece para siempre.
La gran pregunta es: ¿realmente el Reino de Dios es mi tesoro? Porque aquello que consideramos más valioso determina las decisiones que tomamos.
El hombre vendió todo porque había encontrado el tesoro. Y quien encuentra verdaderamente a Cristo descubre que no existe nada en este mundo que pueda compararse con Él.
Oración: Señor, abre mis ojos para comprender el verdadero valor de Tu Reino. Líbrame de la ilusión de vivir solamente para las cosas pasajeras de esta vida. Que yo Te ame por encima de cualquier logro, sueño o bien material. Dame un corazón como el de aquel hombre de la parábola, dispuesto a entregarlo todo por aquello que realmente importa. Que Cristo sea siempre mi mayor tesoro. En el nombre de Jesús, amén.
Versículo del día: “El reino del cielo es como un tesoro escondido que un hombre descubrió en un campo. En medio de su entusiasmo, lo escondió otra vez y vendió todas sus posesiones a fin de juntar el dinero suficiente para comprar el campo.” (Mateo 13:44, NTV)
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