La Palabra que no envejece

En 1 Reyes 16:34, durante el reinado de Acab, Hiel, el betelita, decidió reconstruir la ciudad de Jericó, desconsiderando la palabra profética proclamada siglos antes por Josué (Josué 6:26), que advertía que quien la reedificara perdería a su hijo primogénito al echar los cimientos y a su hijo menor al colocar las puertas. El texto registra que exactamente eso ocurrió: Hiel perdió a sus dos hijos conforme a la palabra del Señor, mostrando que la profecía se cumplió literalmente y resaltando que, aun después de generaciones, Dios permanece fiel a lo que declara.

Al leer 1 Reyes 16:34, me preguntaba cuánto conocía Hiel esa profecía. Y muy probablemente sí la conocía. La Ley y los hechos históricos de Israel eran preservados y transmitidos (Deuteronomio 31:9–13). La maldición sobre Jericó formaba parte de un evento marcante de la conquista de la tierra; no era un detalle oscuro. Además, Hiel era de Betel, un centro religioso importante en el reino del norte. Sería improbable que una palabra tan específica hubiera sido completamente olvidada.

Por otro lado, todo esto ocurrió en tiempos de Acab, un período de gran decadencia espiritual, idolatría y desprecio por la palabra del Señor. Pudo haber sido ignorancia… pero también pudo haber sido presunción. Algo como: “Eso fue hace siglos, ya no se aplica.”

De todos modos, al traer esta historia a nuestros tiempos, también me pregunto: ¿cuántas promesas, profecías, bendiciones y advertencias están registradas en la Palabra de Dios y yo las he ignorado?

Esta reflexión me confronta profundamente. La historia de Hiel revela que el tiempo no anula lo que Dios declaró. Siglos pasaron entre Josué y Acab, pero la Palabra permaneció viva y eficaz. Como está escrito: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35, RVR1960). Dios no olvida lo que dice ni relativiza lo que ha establecido.

Percibo que el mayor peligro no es solo desconocer la Palabra, sino tratarla como algo anticuado. Cuando decido ignorar principios bíblicos porque “son antiguos”, me coloco en el mismo camino de la presunción. La Escritura afirma: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar” (2 Timoteo 3:16, RVR1960). Si es inspirada, es actual. Si es Palabra de Dios, es permanente.

Por eso, no puedo vivir de fragmentos ni de versículos aislados. Necesito ser un profundo conocedor de lo que Dios dijo. El salmista declara: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11, RVR1960). Conocer la Palabra no es acumular información; es alinear la vida con lo que Dios ya reveló.

Que nunca trate como ligero aquello que el Señor declaró con seriedad. Él es fiel a lo que promete, fiel a lo que advierte, fiel a lo que establece. Su Palabra no cambia.

Oración: Señor, dame hambre y sed de tu Palabra. Líbrame de la ignorancia y de la presunción, y enséñame a vivir con reverencia delante de todo lo que ya has declarado.

Versículo del día: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8, RVR1960).

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