¿Y si todos hicieran lo mismo?

Un amigo muy especial me envió una pregunta esta semana: ¿puedo donar mi diezmo a un hermano de la iglesia que esté pasando por necesidad, en lugar de entregarlo a la iglesia?

Le respondí que, frente a algunas cuestiones, me gusta hacer un ejercicio simple, pero muy esclarecedor para entender el impacto de las consecuencias. Simplemente me pregunto: “¿Y si todos hicieran lo mismo?”. Esta pregunta puede aplicarse a muchas situaciones, no solo al diezmo.

Por ejemplo, alguien podría preguntar: “¿Puedo llevar a mi perro a la iglesia?”. Entonces yo pregunto: “¿Y si todos hicieran lo mismo?”. Intenta imaginar un culto con 150 personas y 150 perros. Sin duda, sería muy difícil mantener el orden, la reverencia y el buen desarrollo del servicio.

Aquí entra un punto importante: nos gusta creer que somos la excepción. Pensamos que no hay problema si “solo yo” hago esto o aquello, como si nuestras decisiones individuales no generaran un impacto colectivo. Pero el Reino de Dios no funciona sobre la base de excepciones personales, sino de principios. Cuando cada uno decide actuar según su propia lógica, el resultado es el desorden. La pregunta “¿y si todos hicieran lo mismo?” nos ayuda justamente a salir del egoísmo espiritual y a ver el panorama completo.

Volviendo al tema del diezmo: si todos entregaran su diezmo directamente a los necesitados, en lugar de llevarlo a la iglesia, simplemente no existirían iglesias. La propia Palabra de Dios nos enseña el propósito y el destino del diezmo: “Traigan todos los diezmos al depósito del templo, para que haya suficiente comida en mi casa” (Malaquías 3:10, NTV). El texto es claro respecto al lugar y al objetivo del diezmo: el sustento de la casa de Dios.

Además, el apóstol Pablo, al hablar de quienes se dedican a la Palabra y a la enseñanza, afirma: “Los que trabajan merecen recibir su salario” (1 Timoteo 5:18, NTV). ¿Cómo sostener a quienes sirven de tiempo completo en el ministerio sin los diezmos?

Hermano y hermana, el diezmo es para el Señor y para el sustento de su casa. Esto no anula, de ninguna manera, nuestra responsabilidad de ayudar a los necesitados. Al contrario, la Palabra nos anima a ofrendar, compartir y socorrer a quien lo necesita. Pero no podemos convertir la ayuda al prójimo en una “compensación” del diezmo, porque eso no es lo que enseñan las Escrituras.

Cuando hacemos la pregunta “¿y si todos hicieran lo mismo?”, somos llevados a reflexionar no solo sobre lo que nos resulta conveniente, sino sobre lo que es bíblico, saludable y sostenible para el cuerpo de Cristo en su conjunto.

Oración: Señor, danos un corazón enseñable y obediente a tu Palabra. Ayúdanos a honrarte con fidelidad, sabiduría y equilibrio, comprendiendo el propósito de tus principios y viviéndolos con amor y responsabilidad. Amén.

Versículo del día: “Honra al Señor con tus riquezas y con lo mejor de todo lo que produces” (Proverbios 3:9, NTV).

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