Sepultura de asno

En Jeremías 36 encontramos una de las actitudes de mayor desprecio hacia la Palabra de Dios en todo el Antiguo Testamento. Mientras Jeremías tenía prohibido entrar al templo, dictó a Baruc todas las palabras que el Señor le había hablado. El rollo fue leído públicamente y luego delante del propio rey. A medida que el texto era leído, Joacim, sentado en su palacio de invierno, cortaba el rollo con un cuchillo y lo arrojaba al fuego, hasta que todo el contenido fue consumido. Ni el rey ni sus oficiales mostraron temor o arrepentimiento, a pesar de las advertencias recibidas. Quemar el rollo no era solo rechazar a Jeremías, sino despreciar deliberadamente la Palabra del Señor.
Pero el final de Joacim fue tan deshonroso como su actitud. Dios ordenó que Jeremías escribiera nuevamente el rollo, añadiendo palabras de juicio contra el rey. Fue profetizado que Joacim tendría “sepultura de asno”, siendo arrojado fuera, expuesto al calor del día y al frío de la noche (Jeremías 22:18–19). Murió durante el avance babilónico contra Judá, probablemente en medio del sitio de Jerusalén, y no recibió honores reales. Su reinado terminó en vergüenza, cumpliéndose la Palabra que intentó destruir.
Esta historia me confronta profundamente. Me doy cuenta de que es posible oír la Palabra de Dios, tener acceso a ella, y aun así tratarla con desprecio. Joacim no era ignorante; escuchó cada palabra. El problema no fue falta de información, sino falta de reverencia. Al cortar el rollo, intentó simbólicamente controlar, silenciar y moldear la Palabra según su propia voluntad.
Hoy no quemamos rollos de pergamino, pero muchas veces quemamos la Palabra con nuestras actitudes. Cuando elegimos ignorar lo que Dios dice, relativizar verdades claras u obedecer solo aquello que nos conviene, repetimos el mismo error. La Escritura sigue siendo cortada —no con cuchillos, sino con justificaciones, conveniencias y corazones endurecidos— y así construimos para nosotros mismos “sepulturas de asno”.
La Palabra de Dios no es algo neutral. Ella lleva vida, dirección y juicio. “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8 – RVR1960). Joacim intentó destruirla, pero fue la Palabra la que permaneció, y él quien desapareció en la deshonra.
Cuando honramos la Palabra, honramos al mismo Dios. Cuando la despreciamos, no anulamos sus efectos; solo nos colocamos en contra de ella. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22 – RVR1960). La reverencia se manifiesta en la obediencia, en el temor y en la disposición de permitir que Dios nos confronte y nos transforme.
Que nuestra historia no termine como la de Joacim. Que seamos conocidos no por rechazar la Palabra, sino por amarla, guardarla y vivirla, incluso cuando nos corrige.
Oración: Señor, enséñame a tratar tu Palabra con temor y reverencia. Líbrame de un corazón endurecido y dame disposición para oír, obedecer y someterme a tu voluntad. Que nunca intente moldear tu Palabra a mí, sino que permita que ella me moldee por completo. Amén.
Versículo del día: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48 – RVR1960).
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