Las vidas de mentira

Dos jóvenes influenciadoras peruanas, que mostraban en las redes sociales una vida de viajes y lujos, tuvieron un trágico final en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, cuando ambas intentaban viajar a Indonesia con más de tres kilos de cocaína ocultos en su equipaje. Según la policía, las maletas contenían cocaína camuflada en su estructura interna. Las autoridades también informaron que ambas habían registrado múltiples salidas del país, incluyendo viajes a Europa, como a los Países Bajos, y ahora se investiga si en viajes anteriores también transportaron drogas.

Las redes sociales están infestadas de vidas de mentira. Influencers exhiben vidas perfectas, llenas de lujo, fiestas y riqueza, vendiendo a miles de jóvenes y adolescentes la idea de que es posible mantener un estilo de vida sin obligaciones ni responsabilidades, simplemente ganando dinero en redes sociales. En muchos casos, las vidas de lujo que presentan son falsas: autos o casas alquiladas por horas solo para tomar fotos y publicarlas, o financiadas por medios ilícitos, como en el caso aquí relatado.

La historia de estas jóvenes revela una verdad dura, pero necesaria: vidas construidas sobre la mentira siempre cobran un precio alto. El brillo de las redes sociales puede esconder vícios, procesos judiciales, vergüenza pública y destrucción familiar. Lo que parecía libertad era, en realidad, esclavitud; lo que parecía prosperidad era un castillo construido sobre arena.

La Palabra de Dios nunca romantizó los atajos. Por el contrario, afirma con claridad que «el trabajador merece que se le pague su salario» (Lucas 10:7, NVI). La prosperidad bíblica no nace del engaño, de la apariencia o de la explotación, sino del trabajo honesto, de la integridad y de aportar valor al prójimo. El apóstol Pablo fue aún más directo al decir: «El que robaba, que deje de robar y se ponga a trabajar, haciendo algo útil con sus propias manos, para que tenga qué compartir con quien pase necesidad» (Efesios 4:28, NVI).

Vivimos en tiempos en los que muchos son seducidos por la idea de ganar mucho sin producir nada, de parecer ricos sin serlo, de cosechar sin haber sembrado. Pero Dios no puede ser burlado: «Cada uno cosecha lo que siembra» (Gálatas 6:7, NVI). La prosperidad que viene de Dios puede ser silenciosa, pero es duradera, pacífica y limpia. En cambio, la riqueza construida sobre la mentira trae ansiedad, miedo y, tarde o temprano, exposición.

Como cristianos, somos llamados a vivir en la luz, incluso cuando eso exige esfuerzo y paciencia. «Más vale tener poco con justicia que ganar mucho con injusticia» (Proverbios 16:8, NVI). Nuestro llamado no es impresionar a las personas, sino honrar a Dios con la forma en que vivimos, trabajamos y prosperamos.

Que aprendamos a no envidiar vitrinas falsas ni a desear atajos peligrosos. La verdadera prosperidad es fruto de un corazón íntegro, manos diligentes y una vida que glorifica a Dios también en el trabajo cotidiano.

Oración: Señor, guarda mi corazón de la seducción de las apariencias y de los atajos fáciles. Enséñame a valorar el trabajo honesto, la integridad y la verdad. Que prospere de manera limpia y justa, glorificando tu nombre, aportando valor a las personas y sirviendo a la sociedad con aquello que has puesto en mis manos. Líbranos de las mentiras que el mundo promueve y condúcenos por el camino de la justicia. Amén.

Versículo del día: «Los planes del diligente conducen a la abundancia, pero el afán desmedido conduce a la pobreza» (Proverbios 21:5, NVI)

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