¿Qué agrada al Rey?

Se cuenta la historia de que, en un reino, había un escultor famoso. Pasó años esculpiendo una estatua gigantesca para el rey: mármol importado, detalles minuciosos, un monumento para la eternidad.
El día de la inauguración, el pueblo se reunió y el escultor esperaba los elogios del rey. Cuando la obra fue revelada, el rey miró en silencio y después preguntó:
— Está muy bien hecha… pero dime: ¿qué bien le hace a mi pueblo? ¿A quién alimenta? ¿A quién protege?
El escultor se quedó sin palabras. Había hecho algo grandioso a sus propios ojos, pero inútil para lo que el rey realmente valoraba.

En cambio, otro artesano, un humilde carpintero, había construido puentes y casas para los pobres. El rey se levantó y dijo:
— Este hombre ha hecho más por mi reino que cualquier estatua.

Esa historia me recuerda lo que Dios declara en Isaías 66:1-2 (NTV): “Esto dice el Señor: ‘El cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies. ¿Podrían acaso construir un templo tan bueno como ese para mí? ¿Podrían construirme un lugar de descanso? Mis manos han hecho tanto el cielo como la tierra, y todo lo que hay en ellos son míos. Yo, el Señor, he hablado. Bendeciré a los que tienen un corazón humilde y arrepentido, que tiemblan ante mi palabra’”.

El escultor de la historia representa nuestra tendencia a pensar que las obras grandiosas o las demostraciones externas impresionan a Dios. Pero el Señor deja claro: Él no está interesado en construcciones, monumentos ni gestos de vanidad espiritual. Lo que realmente le agrada es el corazón humilde, obediente, dispuesto a amar y a servir.

Así como el carpintero que construyó puentes y casas, nuestra fe debe traducirse en actitudes que bendicen vidas. Como nos recuerda Santiago 2:17 (NTV): “Así que ya ven, la fe por sí sola no es suficiente. A menos que produzca buenas acciones, está muerta y es inútil.”

El verdadero culto no consiste en levantar estatuas, sino en levantar personas. No es erigir templos de piedra, sino ser un templo vivo donde Dios habita.

Oración: Señor, líbrame de vivir una fe solo de apariencia. Que mi vida sea útil para tu reino, sirviendo, amando y obedeciendo tu Palabra. Que sea humilde y contrito, y que todo lo que haga sea siempre para tu gloria y para el bien del prójimo. Amén.

Versículo clave: “Bendeciré a los que tienen un corazón humilde y arrepentido, que tiemblan ante mi palabra.” (Isaías 66:2, NTV)

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