Sabiduría para vivir bien mis días

Entre todos los cánticos y oraciones que encontramos en el libro de los Salmos, el 90 tiene un peso especial. Se le atribuye a Moisés, lo que lo convierte, posiblemente, en el más antiguo de todos, y lleva un tono distinto. No es una alabanza vibrante ni un canto de victoria; es una conversación seria y profunda, donde el ser humano reconoce la eternidad de Dios y la fragilidad de la vida.

En medio de esta oración encontramos una petición rara y valiosa: “Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría” (v. 12). Moisés no pide más años, no implora por una vida más larga, sino por sabiduría para vivir bien el tiempo que tiene. Es como si dijera: “Señor, no me des solo más tiempo; dame sentido para el tiempo que ya tengo”. Es una oración que rompe con la lógica común, porque reconoce que el valor de la vida no está en la cantidad de días, sino en lo que hacemos con ellos delante de Dios.

El Salmo 90 comienza recordando que Dios es nuestro refugio de generación en generación, y también, que somos polvo y al polvo volveremos. Pero termina con una nota de esperanza: “Y que el Señor nuestro Dios nos dé su aprobación y haga que nuestros esfuerzos prosperen. Sí, ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen!” (v. 17). El juicio no es la última palabra. Después de reconocer nuestra fragilidad, podemos apoyarnos en la misericordia de Dios, que da sentido, fuerza y permanencia a nuestro trabajo.

Oración: Señor, ayúdame a vivir cada día con conciencia de tu eternidad y de mi brevedad. Enséñame a contar mis días con sabiduría, para que cada paso esté alineado a tu propósito. Que tu gracia repose sobre mí y sobre las obras de mis manos, y que el final de mi historia esté marcado por la esperanza en ti. Amén.

Texto base:
¹ Señor, por todas las generaciones, tú has sido nuestro hogar.
² Antes de que nacieran las montañas, antes de que dieras vida a la tierra y al mundo, desde el principio y hasta el fin, tú eres Dios.
³ Tú haces que la gente vuelva al polvo cuando dices: «Vuelvan al polvo, hijos mortales».
⁴ Para ti, mil años son como el día de ayer, que pasó, como unas pocas horas de la noche.
⁵ Barretes a la gente como si fuera un sueño; son como la hierba que brota por la mañana.
⁶ Por la mañana florece y crece, pero a la tarde se marchita y se seca.
⁷ Nos marchitamos bajo tu enojo; nos desanima tu furia.
⁸ Pusiste nuestras culpas delante de ti; nuestros pecados secretos, y los ves todos a la luz de tu presencia.
⁹ Nuestros días desaparecen bajo tu enojo; acabamos nuestros años con un gemido.
¹⁰ Setenta años son el tiempo que vivimos; algunos llegan hasta los ochenta, pero incluso los mejores años están llenos de dolor y problemas; pronto desaparecen, y volamos.
¹¹ ¿Quién puede comprender el poder de tu enojo? Tu ira es tan temible como el temor que mereces.
¹² Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría.
¹³ Oh Señor, ¡vuelve a nosotros! ¿Hasta cuándo te demorarás? Compadécete de tus siervos.
¹⁴ Sácianos cada mañana con tu amor inagotable, para que cantemos de alegría hasta el final de nuestra vida.
¹⁵ Danos alegría en proporción a nuestro sufrimiento anterior; reemplaza los años malos con el bien.
¹⁶ ¡Permite que tus siervos te vean en acción otra vez! Que nuestros hijos vean tu gloria.
¹⁷ Y que el Señor nuestro Dios nos dé su aprobación y haga que nuestros esfuerzos prosperen. Sí, ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen!

(NTV) Salmos 90:1-17

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