Dominio propio – la victoria más difícil

El futbolista profesional con más tarjetas rojas de la historia es el colombiano Gerardo Bedoya. Con 46 tarjetas rojas a lo largo de su carrera, no solo se hizo famoso como el jugador más expulsado de la historia, sino que también se convirtió en un claro ejemplo de cómo la falta de autocontrol puede comprometer incluso a los grandes talentos. Como si ser expulsado como jugador no fuera suficiente, incluso fuera del campo, Bedoya siguió enfrentándose a este desafío: en su debut como auxiliar técnico, fue expulsado a los 21 minutos de juego.
La Biblia nos llama a cultivar los frutos del Espíritu, y entre ellos está el dominio propio (Gálatas 5:22-23). Contrario a lo que muchos piensan, el dominio propio no se trata solo de controlarse para no estallar, sino también de la capacidad de gobernarse a uno mismo, sin ser esclavo de las emociones, los impulsos ni las circunstancias.
“Una persona sin control propio es como una ciudad con las murallas destruidas”, Proverbios 25:28. Una ciudad sin murallas era vulnerable a cualquier ataque, y así es la vida de quienes carecen de dominio propio. La ira, el orgullo, la impulsividad… todo puede invadir y dominar.
Pero Dios no nos llamó a vivir a merced de nuestros sentimientos. Nos invita a ser gobernados por el Espíritu Santo, quien nos enseña a responder y no simplemente a reaccionar. Dominar a los demás puede ser una señal de fortaleza. Pero dominarnos a nosotros mismos es una señal de sabiduría y madurez espiritual.
Que la historia de Bedoya nos recuerde que sin dominio propio, incluso los dones y talentos más brillantes pueden verse eclipsados. Pero con el Espíritu de Dios, podemos aprender a vivir con equilibrio, gracia y firmeza, superándonos a nosotros mismos cada día.
Oración: Señor, ayúdame a dominar mis impulsos y emociones. Que tu Espíritu gobierne mi mente y mi corazón. Dame sabiduría para reaccionar con gentileza y vivir con equilibrio, reflejando tu carácter en todas las situaciones. Amén.
Versículo base: “En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!” (NTV) Gálatas 5:22-23
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