Suelta

Cierta vez, un mono, buscando comida, vio algunos cocos en el suelo. Pronto se dio cuenta de que tenían dos pequeños agujeros y que estaban llenos de maní. El mono metió la mano dentro del coco y tomó un puñado de maní, pero cuando intentó sacarla no pudo, porque el puño cerrado y lleno de maní no pasaba por el agujero. Entonces apareció un cazador, lo puso en una jaula y lo vendió. El mono perdió la libertad porque no quiso soltar lo que tenía en sus manos.

Exactamente eso mismo sucede con las personas que se aferran a todo: a los bienes materiales, riquezas, personas, recuerdos, etc. Y por no soltar, pierden la libertad. Pero la Palabra de Dios nos recuerda que cuando nuestra vida aquí termine, nada podremos llevar: “Después de todo, no trajimos nada cuando vinimos a este mundo, ni tampoco podremos llevar nada cuando lo dejemos.” (1 Timoteo 6:7, NTV).

Donde hay apego no hay libertad; al contrario, solo existe la esclavitud del miedo a perder aquello a lo que uno está aferrado. Nosotros, los seres humanos, somos aún peores que los monos, porque ellos lo hacen por comida, y nosotros por ignorancia y vanidad. Muchos somos como garrapatas en las vacas: prefieren perder la vida antes que soltar lo que poseen.

Todos los apego terrenales son dañinos. Mejor es mantener “el pensamiento en las cosas del cielo, no en las de la tierra.” (Colosenses 3:2, NTV).

Por lo tanto, que nuestro mayor apego sea a Dios. Haz de Él lo más importante en tu vida, y verás que todo lo demás pierde importancia.

Este devocional fue escrito por Edimer Rodríguez, fundador de la Fundación Gotas de Alegría.

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