Quien ama el dinero no puede amar a nadie más

Falleció el pasado viernes la pequeña Yasmin Amorim, de 12 años, quien enfrentaba un cáncer infantil agresivo, el neuroblastoma, enfermedad contra la cual luchaba desde los cinco años de edad. Ella se hizo conocida en todo Brasil después de que su familia obtuviera en la Justicia la liberación de cerca de $ 500 mil dólares para la compra de un medicamento importado esencial para su tratamiento. Sin embargo, Yasmin no recibió el medicamento completo, ya que el dinero fue desviado por dos empresarios corruptos. Lisandro Henrique Hermes y Polion Gomes Reinaux, responsables de intermediar la compra, desviaron los recursos y entregaron solo parte de la medicación. Sin acceso al tratamiento adecuado, el estado de salud de Yasmin se agravó. Comenzó a sufrir dolores intensos, necesitando recibir morfina cada hora mientras esperaba un medicamento que nunca llegó. Posteriormente, los empresarios fueron investigados y condenados por estafa.

Al leer esta historia, mi corazón se entristece profundamente. Es imposible no percibir cómo el amor al dinero puede endurecer el corazón humano hasta el punto de ignorar el dolor de una niña. Cuando el dinero ocupa el lugar central de la vida, pasa a gobernar decisiones, valores y actitudes. Y quien se somete a ese señor deja de amar a las personas, las vidas y las historias. Comienza a ver números donde debería ver rostros.

La Palabra de Dios es clara y directa: “Pues el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe verdadera y se han causado muchas heridas dolorosas” (1 Timoteo 6:10, NTV). No es el dinero en sí el problema, sino el amor a él, un amor que corrompe, ciega y destruye.

Jesús fue aún más incisivo al afirmar: “Nadie puede servir a dos amos. Pues odiará a uno y amará al otro; será leal a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y estar esclavizado al dinero” (Mateo 6:24, NTV). Cuando el dinero se convierte en un ídolo, exige sacrificios y, muchas veces, esos sacrificios son vidas humanas.

Esta historia nos confronta y nos llama a reflexionar. Vivimos en una sociedad que con frecuencia normaliza la avaricia, justifica la corrupción y relativiza el mal cuando hay ganancias de por medio. Pero el evangelio nos señala otro camino: el camino del amor, la compasión y la justicia. “El que oprime al pobre insulta a su Creador, pero el que se apiada del necesitado honra a Dios” (Proverbios 14:31, NTV).

Que no nos engañemos: quien ama el dinero por encima de todo no logra amar a nadie más. El amor verdadero se expresa en cuidado, empatía y responsabilidad hacia el prójimo. Como discípulos de Cristo, somos llamados a vivir de manera diferente, poniendo a las personas por encima de las posesiones y las vidas por encima de las ganancias.

Oración: Señor, guarda mi corazón de la avaricia y de la dureza espiritual. Enséñame a amar a las personas más que a las cosas y a valorar la vida como Tú la valoras. Que nunca permita que el dinero ocupe el lugar que solo te pertenece a Ti. Amén.

Versículo del día: “Donde esté tu tesoro, allí estarán también los deseos de tu corazón” (Mateo 6:21, NTV).

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