Para Él no fue un problema

Un amigo mío, que tiene serias luchas con Dios y con su palabra, me envió el versículo de 1 Pedro 5:6, que dice: “Así que humíllense ante el gran poder de Dios, y a su debido tiempo, él los levantará con honor.” (1 Pedro 5:6) El versículo vino acompañado de un audio donde me cuestionaba: “Nunca voy a comprender esa parte de estarse humillando ante Dios. ¿Acaso tu hijo necesita humillarse ante ti?”
Al escuchar su audio, mi respuesta inmediata fue: “Pero Jesús, siendo DIOS, vino y se humilló. Para Él no fue un problema.”
Ah, el orgullo… el pecado original. Comenzó con Lucifer en el cielo y luego con Adán y Eva en la tierra. Quien no reconoce la necesidad de humillarse jamás recibirá la promesa contenida en el mismo versículo que mi amigo envió, pero que él ignora: “…y a su debido tiempo, él los levantará con honor.”
Sí, para Jesús, la humillación voluntaria no fue una problema, sino un camino. Y fue precisamente por eso que el Padre lo exaltó grandemente: “Al parecer, estaba solo como un hombre; se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales. Por lo tanto, Dios lo elevó al lugar de máximo honor y le dio el nombre que está por encima de todos los demás nombres” (Filipenses 2:8-9)
El orgullo, ese veneno sutil, fue el pecado que derribó a Lucifer en el cielo y contaminó a Adán y Eva en la tierra. Ellos quisieron ser como Dios, pero no pudieron ser como Jesús: obedientes, humildes, y sometidos a la voluntad del Padre.
Humillarse ante Dios no es arrastrarse ante un tirano. Es reconocer que Él es el Creador y nosotros, sus criaturas. Es aceptar que Él sabe más que nosotros, que nos ama más de lo que somos capaces de entender, y que su voluntad siempre es mejor, incluso cuando no lo parece.
Jesús no perdió su dignidad al humillarse, la confirmó. Porque la verdadera grandeza no se encuentra en resistirse a Dios, sino en rendirse a Él.
La verdadera exaltación solo viene después de la rendición. “…y a su debido tiempo, él los levantará con honor.” No es en nuestro tiempo, ni a nuestra manera. Es en el tiempo de Dios, cuando estemos preparados para sostener aquello que Él desea confiarnos.
Tal vez lo que impide que muchos sean levantados por Dios es justamente el orgullo que no les permite arrodillarse. ¿Estás esperando ser exaltado por Dios? Pregúntate: ¿Ya aprendiste a humillarte? La verdadera fe comienza con un corazón quebrantado.
Oración: Señor, líbrame del orgullo que me aleja de ti. Enséñame a humillarme bajo tu mano, como lo hizo Jesús. Que no resista tu voluntad, sino que me rinda a ti con amor y confianza. Y cuando llegue tu tiempo, que yo esté listo para ser levantado, no para mi gloria, sino para la tuya. Amén.
Versículo base: “Así que humíllense ante el gran poder de Dios, y a su debido tiempo, él los levantará con honor. Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque él cuida de ustedes.” (NTV) 1 Pedro 5:6-7
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