Más profundo de lo que parece

Cuando leí sobre el río Congo, en África Central, quedé impresionado. Es el río más profundo del mundo, alcanzando cerca de 220 metros en algunos tramos. En la superficie vemos solamente el agua correr. Pero debajo existen corrientes invisibles, canales sumergidos y una fuerza que sostiene todo el flujo. Su profundidad es lo que garantiza su potencia.
Comprendí que la vida espiritual también es así. Lo que sostiene un gran impacto no es lo que se ve, sino lo que está oculto. El Congo vierte tanta agua en el océano que su influencia puede percibirse a cientos de kilómetros mar adentro. Eso solo es posible porque hay profundidad.
Jesús dijo: “Todo el que crea en mí podrá venir y beber. Pues las Escrituras declaran: ‘De su corazón brotarán ríos de agua viva’.” (Juan 7:38, NTV).
Él no habló de charcos superficiales, sino de ríos. Y los ríos exigen una fuente constante. Exigen profundidad.
Muchas veces buscamos visibilidad, pero evitamos sumergirnos. Deseamos influencia, pero resistimos lo secreto. Sin embargo, es en el silencio de la intimidad con Dios donde nuestras raíces se profundizan. Allí se forman las corrientes invisibles de la fe, el carácter y la perseverancia.
Los ríos poco profundos se secan con facilidad. Los ríos profundos permanecen.
Oración: Señor, llévame a aguas más profundas. Forma en mí una fe que no dependa de la superficie, sino que encuentre fuerza en la intimidad Contigo.
Versículo del día: “¡Qué grande es la riqueza, la sabiduría y el conocimiento de Dios!” (Romanos 11:33, NTV).
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