La vela en la última ventana

Se cuenta que, en una pequeña aldea castigada por inviernos rigurosos, existía una costumbre especial en la noche de Navidad. Algunas familias encendían una vela en la ventana como señal de acogida. No era decoración; era orientación. Aquella pequeña llama le decía a los viajeros: aquí hay refugio.
Con el paso de los años, la costumbre se fue perdiendo. Las casas estaban bien iluminadas por dentro, pero las ventanas hacia afuera permanecían oscuras. Aquella noche de Navidad, un hombre caminaba exhausto por el camino cubierto de nieve. El frío era intenso y sus fuerzas estaban al límite. Miraba cada casa, pero solo veía ventanas cerradas.
Cuando ya pensaba en rendirse, a lo lejos percibió una pequeña luz titilando. No era fuerte. No era llamativa. Pero estaba encendida. Caminó en esa dirección y encontró una casa sencilla, con una vela en la última ventana. Fue recibido, calentado y salvado.
Al día siguiente, alguien le preguntó al dueño de la casa por qué todavía mantenía aquella antigua costumbre. Él respondió:
— Porque nunca sé quién necesita luz en la oscuridad.
La Navidad nos recuerda que Jesús vino al mundo como luz en medio de las tinieblas. No llegó con reflectores, sino como una llama humilde que señala el camino. Y hoy, Él nos llama a hacer lo mismo. En un mundo cansado, frío y confuso, Dios todavía usa luces sencillas para guiar a personas perdidas.
Tal vez no puedas iluminarlo todo. Pero puedes mantener una vela encendida: un gesto de amor, una palabra de esperanza, una actitud de misericordia. A veces, eso es suficiente para salvar a alguien de la noche.
Oración: Señor, enciende en mí Tu luz. Que mi vida sea una ventana abierta donde otros puedan ver esperanza. Aunque yo parezca pequeño o sencillo, úsame para iluminar caminos y calentar corazones. Amén.
Versículo del día: «Jesús habló una vez más a la gente y dijo: “Yo soy la luz del mundo. Si me siguen, no tendrán que andar en la oscuridad, porque tendrán la luz que lleva a la vida”.» (Juan 8:12, NTV)
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