La oveja, la moneda y el hijo

En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas, Jesús narra, en una secuencia única: las parábolas de la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. Y aunque son tres historias diferentes, Jesús mismo las cita como si fueran una sola, diciendo en el versículo 3: “Entonces él les refirió esta parábola, diciendo”. El uso de la expresión “esta parábola” y no “estas parábolas” me indica que debo buscar su significado correlacionando las tres historias.

Lo primero que puedo observar es que lo perdido crece en valor proporcionalmente: una oveja entre cien, o el 1% del rebaño; una moneda entre diez, o el 10% del total; y un hijo entre dos, es decir, el 50% de los hijos de la familia. Esta progresión muestra que cuanto más precioso es algo, mayor es la diligencia, el cuidado y la alegría que conlleva la búsqueda y el reencuentro. Pero al mismo tiempo, revela que, sin importar el tamaño de la iglesia, el ministerio o la familia, cada vida tiene valor.

El segundo aspecto a observar, encontramos en la actitud del pastor, la mujer de la casa y el padre.

En la parábola de la oveja perdida, el pastor sale personalmente al desierto a buscar a la oveja que se extravió porque esta no sabía cómo regresar. Esto ilustra aquél que está espiritualmente perdido e incapaz de regresar por sí mismo, y por eso Dios nos llama a ir tras él.

En la parábola de la moneda perdida, la mujer barre toda la casa, enciende la lámpara y limpia, demostrando atención y esfuerzo. La moneda, un objeto inanimado, simboliza a quien está muerto en sus pecados e inconsciente de la necesidad de salvación. Y estamos llamados a buscar a este perdido con diligencia y fervor, porque él no vendrá a nosotros; debemos ir a buscarlo.

Finalmente, en la parábola del hijo pródigo, el padre no sale a buscar a su hijo, sino que espera pacientemente su regreso. Y solo cuando lo ve acercarse de lejos corre a abrazarlo. El padre esperó la decisión de su hijo de regresar, y solo entonces corrió a su encuentro (Lucas 15:20). Este detalle revela que este hombre perdido conocía el camino de regreso, era plenamente consciente de su error y era capaz de regresar por voluntad propia. El padre respeta la libertad de su hijo y espera su decisión.

Estos tres horizontes juntos ilustran claramente: independientemente del “valor” de lo perdido, ya sea el 1%, el 10% o el 50%, cada vida tiene valor. Y que hay diferentes “tipos de perdidos”: los que no saben cómo regresar (la oveja), los que ni siquiera saben que deben regresar (la moneda) y los que saben pero dudan (el hijo). Y, en consecuencia, nuestra respuesta a cada uno debe ser diferente: ir a los perdidos, buscar con celo y paciencia, y acoger a quienes deciden regresar.

Oración: Señor, gracias por enseñarme las diferentes maneras de buscar a los perdidos. Agradezco tu amor incansable, que valora cada vida, restaura a los perdidos y acoge a los que regresan. Amén.

Versículo base: “De la misma manera, ¡hay más alegría en el cielo por un pecador perdido que se arrepiente y regresa a Dios que por noventa y nueve justos que no se extraviaron!.” (NTV) Lucas 15: 7

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