El perfume que nuestra vida esparce

Todos conocemos la sensación de estar cerca de alguien que usa un buen perfume. El ambiente se vuelve agradable, la presencia de esa persona se nota fácilmente y, muchas veces, deja un recuerdo positivo aun después de que ya se ha ido. Por otro lado, también sabemos lo incómodo que es estar al lado de alguien que desprende un olor desagradable. El olor provoca una reacción inmediata, acerca o aleja a las personas sin que se diga una sola palabra.
La Biblia usa justamente esta imagen para hablar de la vida cristiana. El apóstol Pablo escribe:
“Pero gracias a Dios, quien nos lleva como prisioneros en el desfile triunfal de Cristo. Ahora él nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un dulce perfume. Nuestras vidas son una fragancia de Cristo que sube hasta Dios. Pero este perfume se percibe de diferente manera por los que se salvan y por los que se pierden. Para los que se pierden, somos un olor espantoso de muerte y condenación; pero para los que se salvan, somos un perfume que da vida.” (2 Corintios 2:14–16, NTV)
Pablo nos enseña que nuestra vida desprende un perfume espiritual. Donde llegamos, algo es percibido. Para quienes reciben a Cristo, esa fragancia es olor de vida, esperanza y salvación. Pero para quienes rechazan la verdad, el mismo perfume se vuelve incómodo, un olor que confronta y revela la necesidad de arrepentimiento. Es decir, el impacto será inevitable — positivo para unos, incómodo para otros — porque la presencia de Cristo en nosotros nunca pasa desapercibida.
Sin embargo, hay algo aún más peligroso que causar reacciones diferentes: vivir una vida inodora, sin aroma alguno. Una vida que no influye, no transforma, no apunta a Cristo. Jesús advirtió sobre esto al hablar de los tibios: “Pero ya que eres tibio, ni frío ni caliente, te escupiré de mi boca.” (Apocalipsis 3:16, NTV). La indiferencia espiritual es como un perfume inexistente: no incomoda, pero tampoco bendice.
Somos llamados a vivir de manera que nuestra presencia produzca efecto en el mundo. Así como la sal da sabor y evita la corrupción, y la luz ilumina el camino, nuestra vida debe reflejar a Cristo. “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo.” (Mateo 5:13–14, NTV). El evangelio en nosotros debe percibirse en nuestras actitudes, en nuestras palabras y en el amor al prójimo.
Que nuestra vida no sea neutra ni invisible. Que, por donde pasemos, quede el aroma de Cristo — aunque no todos reaccionen de la misma manera.
Oración: Señor, que mi vida desprenda el perfume de Cristo en todo lugar. Líbrame de una fe tibia y sin impacto. Que mis palabras y actitudes revelen tu presencia y señalen la vida que hay en Ti. Amén.
Versículo del día: “De la misma manera, dejen que sus buenas acciones brillen a la vista de todos, para que todos alaben a su Padre celestial.” (Mateo 5:16, NTV).
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