Cuando el milagro no es para ti

Quizás conozcas la historia de Pablo y Silas, quienes fueron injustamente encarcelados en Filipos por expulsar un espíritu de adivinación de una esclava, lo que perjudicó las ganancias de sus dueños. En prisión, incluso heridos y encadenados, oraron y cantaron alabanzas a Dios cuando un terremoto abrió todas las puertas y se les cayeron las cadenas. Pero Pablo y Silas no escaparon. Permanecieron allí.

Te has preguntado alguna vez: ¿por qué no escaparon? No sé tu, pero si yo estuviera en su lugar, habría pensado:
– “El Señor me ha liberado. Me voy de aquí”.

La respuesta es simple: Pablo y Silas no se fueron, no huyeron, porque sabían que el milagro que les abrió todas las puertas y les rompieron las cadenas no era para ellos. Ese milagro era para el carcelero. El milagro no había ocurrido para que Pablo y Silas escaparan de la prisión como fugitivos, sino para que el carcelero y su familia conocieran a Cristo y fueran salvos.

Si leemos el resto de esta historia, descubriremos que, tras aceptar a Jesús como su Señor y Salvador, el carcelero les lavó las heridas y los llevó a cenar a su casa. Más tarde, regresaron a la cárcel y recibieron la noticia de su libertad. Si Pablo y Silas hubieran escapado, el carcelero se habría suicidado y ellos habrían sido considerados fugitivos. Y ese no era el plan de Dios para ese momento.

Quizás este milagro que ha llegado a tu vida no sea para ti, sino para impactar a otros, para traer salvación a los perdidos, luz en la oscuridad. Pídele a Dios que te dé sabiduría y discernimiento para comprender cuándo el milagro no es para ti.

Oración: Señor, quiero tener sabiduría y discernimiento para comprender cuándo el milagro no es para mí, sino para impactar la vida de otros. No quiero ser quien “salga corriendo de la cárcel” cuando caen los barrotes y se rompen las cadenas. Ayúdame a ver a mi prójimo y tus planes para él. Amén.

Texto base:
25 Alrededor de la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios, y los demás prisioneros escuchaban. 26 De repente, hubo un gran terremoto y la cárcel se sacudió hasta sus cimientos. Al instante, todas las puertas se abrieron de golpe, ¡y a todos los prisioneros se les cayeron las cadenas! 27 El carcelero se despertó y vio las puertas abiertas de par en par. Dio por sentado que los prisioneros se habían escapado, por lo que sacó su espada para matarse; 28 pero Pablo le gritó: «¡Detente! ¡No te mates! ¡Estamos todos aquí!».
29 El carcelero pidió una luz y corrió al calabozo y cayó temblando ante Pablo y Silas. 30 Después los sacó y les preguntó: —Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?
31 Ellos le contestaron: —Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa.
32 Y le presentaron la palabra del Señor tanto a él como a todos los que vivían en su casa.
33 Aun a esa hora de la noche, el carcelero los atendió y les lavó las heridas. Enseguida ellos lo bautizaron a él y a todos los de su casa.
34 El carcelero los llevó adentro de su casa y les dio de comer, y tanto él como los de su casa se alegraron porque todos habían creído en Dios.

(NTV) Hechos 16: 25-34

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