El evento no planeado más exitoso del mundo

Imagina que un hombre invite a 200 personas a una reunión de gratitud por la vida en una iglesia. Envía las invitaciones con 60 días de anticipación. No promete comida, bebida, música ni ningún otro atractivo. Serán apenas 60 minutos de oración y reflexión.
Aun con 60 días para prepararse, es probable que muchos no asistan. Algunos tendrán otros compromisos, otros darán prioridad a otros eventos y algunos simplemente no tendrán interés.
Ahora imagina que ese mismo hombre muere inesperadamente.
En menos de 24 horas, muchas de esas mismas personas cancelarán compromisos, comprarán pasajes, recorrerán grandes distancias y harán todo lo necesario para estar presentes en el funeral.
¿Qué cambió? El momento, la circunstancia, el evento. Pero, principalmente, cambió la percepción que tenemos de ese momento.
Por eso, podemos decir que el funeral es el evento no planeado más exitoso del mundo. Nadie lo puso en su agenda. Y, aun así, cuando sucede, las personas reorganizan sus vidas para estar allí.
Existe una razón para ello: la muerte tiene el poder de interrumpir nuestras prioridades y obligarnos a reflexionar sobre aquello que normalmente evitamos.
Cuando leemos la Palabra de Dios, encontramos afirmaciones que parecen paradójicas porque desafían aquello que nuestra cultura considera mejor. Una de ellas está en Eclesiastés 7:1-4:
1 “Vale más una buena reputación que un perfume costoso. Y el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento.”
2 “Es mejor ir a un funeral que a una fiesta. ¿Por qué? Porque la muerte es el fin de todos, y los vivos deberían tomar esto muy en serio.”
3 “La tristeza es mejor que la risa, porque el rostro triste mejora el corazón.”
4 “El corazón de los sabios está en la casa donde hay luto, pero el corazón de los necios está en la casa donde hay alegría.”
A primera vista, parece absurdo. ¿Cómo podría el día de la muerte ser mejor que el día del nacimiento? ¿Cómo podría una casa de duelo ser mejor que una casa de fiesta?
Pero el sabio no está diciendo que la muerte sea mejor que la vida o que la tristeza sea mejor que la alegría. Está mostrando que existen experiencias que nos hacen pensar sobre la vida de una manera que los momentos de placer con frecuencia no consiguen.
Una fiesta puede distraernos, pero un funeral nos hace detenernos. Una fiesta puede hacernos olvidar el tiempo, pero un funeral nos recuerda que el tiempo está pasando. Una fiesta nos hace pensar en el presente; un funeral nos hace pensar en lo que dejaremos atrás.
Por eso Eclesiastés dice: “los vivos deberían tomar esto muy en serio”. El muerto no necesita aprender nada del funeral. Quienes necesitamos aprender somos nosotros, los vivos.
El funeral nos confronta con una realidad que preferimos evitar: nuestra vida es pasajera. La muerte de alguien cercano nos hace pensar en nuestras decisiones, nuestras relaciones, aquello que estamos construyendo y el legado que dejaremos.
No porque la muerte sea más importante que la vida, sino porque la muerte nos recuerda el valor de la vida.
Moisés expresa esta misma idea en el Salmo 90: “Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría.”
La vida es breve. Incluso alguien que viva cien años habrá vivido apenas un pequeño intervalo frente a la eternidad. Hacemos planes para el próximo año, organizamos viajes, pensamos en la jubilación y programamos compromisos para dentro de varios meses.
Pero existe un compromiso que todos tenemos, aunque nadie conozca la fecha, la hora ni el lugar: la muerte.
Por eso, un funeral es mucho más que una despedida. Es una oportunidad de reflexión para los vivos.
Es una oportunidad para preguntar: ¿estoy viviendo correctamente? ¿Estoy valorando a las personas que realmente importan? ¿Estoy usando bien el tiempo que he recibido? ¿Qué estoy construyendo? ¿Qué legado estoy dejando?
Podemos tener diferentes opiniones sobre la muerte y sobre lo que sucede después de ella. Incluso podemos preferir no pensar en ello. Pero nuestras opiniones no cambian el hecho de que la muerte llegará.
La cuestión no es si llegará. La cuestión es: cuando llegue, ¿estaremos preparados?
Planeamos cumpleaños, bodas, viajes y negocios. Pero existe un evento para el cual todos tenemos una reserva confirmada, aunque nadie conoce la fecha ni la hora.
Un día será mi turno. Será mi momento. Y, cuando ese día llegue, no podré cancelarlo, cambiarlo de fecha ni pedir una semana más.
Tal vez precisamente por eso Eclesiastés dice que el corazón del sabio está en la casa donde hay luto. Porque el sabio entiende que el funeral de otra persona también es un recordatorio para su propia vida.
La muerte no nos enseña a amar menos la vida. Nos enseña a vivirla con más sabiduría.
Hoy estamos aquí por alguien. Pero un día, alguien estará aquí por nosotros.
Y entonces queda la pregunta que cada uno necesita responder individualmente, delante de Dios: ¿Estoy preparado para el evento no planeado más exitoso del mundo?
Oración: Señor, gracias por la vida que nos has dado y por el tiempo que has puesto en nuestras manos. Ayúdanos a comprender que nuestra vida es breve y a no desperdiciar los días que hemos recibido. Danos sabiduría para vivir, valor para tomar las decisiones correctas y un corazón preparado para el día en que estemos delante de Ti. Que el recuerdo de la muerte no nos llene de miedo, sino que nos enseñe a vivir con propósito, fe y esperanza. En el nombre de Jesús. Amén.
Versículo del día: “Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría.” (Salmo 90:12 | NTV)
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