La Palabra que da vida

En el principio, la Palabra trajo la vida a la existencia.
La Biblia comienza con una escena extraordinaria. “En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían las aguas profundas; y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas.” Entonces Dios habló: “¡Que haya luz!”, y hubo luz. (Gn. 1:1-3)
Todo comienza con Dios hablando. La Palabra de Dios no era simplemente un sonido pronunciado en el vacío; cuando Dios habló, aquello que no existía comenzó a existir.
Siglos después, Juan comienza su Evangelio haciendo una conexión impresionante con las primeras palabras de Génesis: “En el principio la Palabra ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.” Y entonces revela quién es esa Palabra: “Entonces la Palabra se hizo hombre y vino a vivir entre nosotros.” (Jn. 1:1,14)
Juan presenta a Jesús como la Palabra eterna de Dios que entró en la historia humana. Aquel por medio de quien todas las cosas fueron creadas vino al mundo que Él mismo había creado.
Por eso, podemos decir algo extraordinario: la Palabra, que es Jesús, inició la vida que conocemos. La vida no comenzó por casualidad, sino por la acción del Dios que habló y creó.
Pero la historia no termina en la creación. Aquel que trajo la vida a la existencia también demostró su poder sobre la muerte.
Durante su ministerio, Jesús pronunció palabras que devolvieron la vida a personas que ya habían muerto. Cuando la hija de Jairo murió, Jesús entró en su casa, la tomó de la mano y dijo: “¡Niña, levántate!” Y de inmediato ella se levantó. (Mr. 5:41-42)
En otra ocasión, Jesús encontró un cortejo fúnebre en la ciudad de Naín. El único hijo de una viuda estaba siendo llevado para ser sepultado. Jesús se acercó, tocó el ataúd y dijo: “¡Joven, levántate!” El joven se sentó y comenzó a hablar. (Lc. 7:14-15)
Y quizás el episodio más conocido sea el de Lázaro. Ya llevaba cuatro días muerto cuando Jesús llegó a la tumba. Entonces Jesús ordenó: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y aquel que estaba muerto salió de la tumba. (Jn. 11:43-44)
Observa la impresionante secuencia: una palabra de Jesús y una vida que había terminado comienza nuevamente.
No era solamente el contenido de las palabras de Jesús lo que tenía poder. Era quién estaba hablando. Aquel que pronunció “¡Que haya luz!” en el principio ahora estaba frente a personas muertas y ordenaba que volvieran a la vida.
Por eso, cuando Jesús declaró: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6), no estaba simplemente diciendo que conocía el camino, enseñaba la verdad u ofrecía vida. Estaba revelando quién es Él.
Jesús es la vida.
Sus palabras nos dan vida porque vienen de Aquel que es la Vida misma. Sus palabras revelan la verdad porque Él es la Verdad. Sus palabras dirigen nuestro camino porque Él es el Camino.
Tal vez hoy estás enfrentando un área de tu vida que parece no tener esperanza, como algo que ya murió y que no puede ser restaurado. Recuerda que la misma Palabra que trajo la creación a la existencia, que llamó a los muertos de regreso a la vida y que venció la muerte continúa siendo la Palabra de Cristo.
Cuando Jesús habla, la muerte no tiene la última palabra.
Oración: Señor Jesús, ayúdame a escuchar tu Palabra y a confiar en el poder de Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida. Habla a mi corazón, trae vida a aquello que está muerto y dirige mis pasos conforme a tu voluntad. Amén.
Versículo del día: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre si no es por medio de mí.” — Juan 14:6 | NTV
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